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((**Es19.161**) y párrocos y seguido de un ilustre conjunto de Caballeros del Santo Sepulcro, dignatarios de las Sagradas Ordenes Militares de Jerusalén, y de Malta y de los Caballeros de la Orden de San Silvestre. Entre esta cantidad de personas iban los últimos descendientes del Beato; y por fin los Inspectores Salesianos de todo el mundo. Su avanzada edad, lo largo del trayecto y el calor de la estación parecía que deberían haber desaconsejado al Cardenal Arzobispo tanto trabajo; pero había respondido a cuantos intentaron disuadirle de exponerse a aquel riesgo: -No es don Bosco quien ha de venir a mí; me toca a mí salir al encuentro de don Bosco. Y así fue como todos pudieron ver a un venerando Purpurado, con más de setenta años, hacer casi cuatro kilómetros a pie ((**It19.188**)) bajo los rayos ardorosos del sol de junio, movido por un sublime y heroico sentido de religiosa piedad y profunda comprensión del alma de su pueblo. íQué contraste el de aquella prodigalidad de un sol de estío con los diluvios de agua que, en abril de 1934, cayeron del cielo sobre las multitudes reunidas en Roma y en Turín para participar en las fiestas de la canonización! Pero la gloria del Beato y del Santo pasó per ignem o per aquam (por el fuego o por el agua) resplandeciente, deslumbrado y cautivando a las turbas que siempre parecieron insensibles a las adversas condiciones del tiempo. Con el espléndido acompañamiento descrito dirigíanse los despojos mortales de don Bosco hacia la ciudad expectante. A uno y otro lado del camino se encontraba el gentío agolpado en las barandillas de las quintas, en las puertas y ventanas de las casas de campo y en las laderas de la colina; más abajo, donde se ensanchaba el camino, había dos hileras apretadísimas de pueblo que llenaban los dos lados. El suelo estaba cubierto de flores y llovían flores de lo alto. Las bandas de música entonaban y repetían el Don Bosco ritorna, que alegremente cantaban miles de gargantas. Al pasar la urna, las gentes, contenidas por los soldados, carabineros y guardias municipales, gritaban entusiasmadas: íViva don Bosco! Cuando el coche bermejo apareció en la punta de la avenida Fiume, después del monumento de Crimea, la muchedumbre que esperaba al otro lado del puente Humberto y en la avenida Víctor Manuel formó un oleaje pavoroso, por lo que fue necesario una fuerte intervención de los soldados para impedir que se rompiera el cordón de tropas. Se oía por doquiera: íDon Bosco! íDon Bosco! Y cuando la urna cruzó el puente y se dirigió hacia la ciudad, se arrodilló todo (**Es19.161**))
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