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((**Es18.270**) Domingo Belmonte y don Carlos Viglietti, a Sestri Ponente para visitar a la bienhechora Luisa Cataldi. En el momento de despedirse, preguntóle la señora: -Dígame, don Bosco, >>qué tengo que hacer para asegurar mi salvación eterna? Es muy probable que ella se esperase un consejo espiritual de vida ascética o quizás también una palabra aseguradora; pero don Bosco, con cara seria, le respondió: -Usted, para salvarse, tendrá que llegar a ser pobre como Job. En forma hiperbólica repetía su ya conocido concepto sobre la medida de la limosna que los ricos están obligados a hacer, si no quieren faltar ((**It18.307**)) a la misión social que la divina Providencia les ha confiado. La buena señora quedó desconcertada ante aquella respuesta, tanto que, de momento, quedóse sin saber qué hacer ni qué decir. Cuando estuvieron fuera de casa, don Domingo Belmonte, que había estado en la antesala y había percibido las últimas palabras de don Bosco al abrirse la puerta, preguntóle cómo había tenido valor para emplear aquel lenguaje con una persona que daba tantas limosnas. -Mira, le respondió don Bosco; nadie se atreve a decir la verdad a los pudientes. Para remachar y aclarar más el pensamiento de don Bosco sobre la cuestión de la limosna no estará fuera de propósito tomar nota aquí de una manifestación suya, recordada recientemente en Marsella. En el discurso que allí pronunció en la distribución de premios a los alumnos del Oratorio de San León, el señor Abeille, Presidente de la Sociedad Marsellesa para la defensa del comercio, contó un episodio, del que había sido testigo de niño. Una de las veces que don Bosco visitaba la casa de La Navarre, se trasladó a la vecina ciudad de HyŠres, donde aceptó la hospitalidad que le ofreció el señor Abeille, su padre. El buen señor se maravillaba de la <>, hecha por el Santo en la iglesia parroquial, después de su sermoncito a los fieles; pues, al pasar él mismo entre el auditorio con el cepillo en mano, los señores vaciaban su cartera y muchas señoras, no teniendo otra cosa que dar, metían alhajas preciosas. Don Bosco, en vez de participar de su admiración, encontraba la cosa naturalísima, puesto que lo sobrante debía darse íntegramente para caridad. Y hasta llegó a decir: -Mire, señor Abeille, cuando usted haya ahorrado cien francos al mes, y cien francos al mes son mucho, lo restante debe dárselo a Dios. (**Es18.270**))
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