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((**Es17.368**) lo que es peor, se mofaba también de la religión. Llevaba haciéndolo varios años con gran disgusto de los familiares. Aún no habían transcurrido cuatro días después de la recomendación, cuando volvieron a decirle que, después de su bendición, aquel descarriado había sentado la cabeza y había ido espontáneamente a confesarse. El domingo día veintiocho, don Bosco celebró la misa en la capillita de las Hijas de María Auxiliadora; se la ayudó un muchacho de once años, hijo del ingeniero Levrot, muy amigo de nuestro Santo. Había asistido a ella un grupo de amigos íntimos y, entre ellos, el padre del monaguillo. Todos aguardaron después al celebrante, con quien hicieron tertulia en un saloncito contiguo. Don Bosco, sentado en un sillón de brazos, preguntaba, escuchaba y contestaba. De repente volvió la cabeza a uno y otro lado, como si buscase a alguien. Levrot le preguntó qué deseaba. El calló. Pero repitió el gesto otras dos veces. A la tercera, interpelado de nuevo por el mismo, preguntó don Bosco: ->>Y dónde está León? León era el nombre de su hijo, que se encontraba en el patio con sus hermanos y otros muchachos. Le llamaron en seguida. ((**It17.426**)) Algo tímido se presentó al Santo, el cual, sin decir nada, lo hizo sentar a su derecha sobre un taburete, poniéndole la mano largo tiempo sobre la cabeza y sobre el hombro. Por último, al despedir a los presentes, repartió un recuerdo a cada uno; a Leoncito le dio una crucecita hecha con palma diciendo: -Esta es para mi monaguillo. Pero empleó la frase enfant de choeur, que el niño interpretó como enfant de coeur. Al oír la supuesta afectuosa expresión, éste se envaneció un instante, pero después ya no pensó en ella; es más, la olvidó completamente. Pero volvió a recordarla en el invierno de 1892, cuando un violento ataque de gripe y una obstinada hemorragia lo extenuaron de tal modo que se le prohibió todo esfuerzo y hasta cualquier lectura. Entonces fue cuando, de improviso, viniéronle a la memoria las palabras de don Bosco, interpretadas en su justo sentido y acompañadas por una resonancia interior, con la fuerza de una llamada y el valor de una previsión, por lo cual le pareció descubrir en ellas trazado su camino con seguridad. Esta fue la vocación del Salesiano don León Levrot y también la eficacia de una palabrita de don Bosco. Aunque, por estar muy avanzada la estación primaveral, muchos forasteros habían vuelto ya a sus ciudades, seguía la afluencia de visitantes distinguidos, pues los había que llegaban de lejos y esperaban (**Es17.368**))
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