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((**Es16.43**) era anchísimo, mientras el caudal de agua era proporcionalmente muy pequeño; pero había agua y era preciso cruzar en tres puntos por unas pasarelas algo largas. Con brío juvenil recordó don Bosco a sus compañeros que había sido un valiente acróbata, y se encaminó sin aceptar la ayuda del Director y del Barón que, uno delante y otro detrás, querían darle la mano. Cruzó las dos primeras tablas y llegó casi hasta el extremo de la tercera: todo iba a pedir de boca, pero, al cabo de ésta, le falló el pie derecho y cayó al agua. Oh pover préive! (íOh, pobre cura!), gritaron aterrorizadas unas lavanderas piamontesas que trabajaban allí cerca. Fue un mal momento para ((**It16.40**)) don José Ronchail, que sabía cómo tenía don Bosco las piernas. Por suerte, se levantó enseguida, de modo que, sin gran dificultad, lo llevaron a la orilla, mientras él saludaba a su gabán que, por llevarlo sobre los hombros, se le había caído y ahora seguía navegando por su cuenta y navegó unos doscientos metros. Empapado y chorreando agua, subiéronle a un coche que lo llevó rápidamente a casa. Como no tenían ropa con qué cambiarle, pobreza doméstica de la que él se alegró mucho, el Director hizo que se acostara. La aventura le fue bien, después de todo, porque así pudo descansar tranquilo unas horas; y los amigos, a su vez, al saber que don Bosco había tenido que acostarse, por no haber en la casa ropa para cambiarle la que llevaba puesta, acudieron a porfía a proveerle. De momento, no se supo en casa lo del percance; a los que preguntaban se les contestaba que don Bosco se sentía algo cansado; pero, al día siguiente y durante el banquete ante unos veinte convidados, él mismo contó con todos los pormenores su caída en el Paglione y el baño a la fuerza. Por su parte, el buen humor del barón Héraud tramó una de las suyas. Hizo pasar de mano en mano una fotografía con el panorama de Niza, en la que había dibujado un monumento en el lugar de la caída y bajo el monumento había escrito un epígrafe, que decía: 24 DE FEBRERO DE 1883 -DON BOSCO SALVADO DE LAS AGUAS DEL PAGLIONE -UN AMIGO DEVOTO Y JUBILOSO 1. En un momento en el que se vio libre, quiso visitar la cocina atendida por las Hermanas. Mientras miraba de un lado para otro, sor Catalina Cei movió una olla, y le cayó un poco de caldo en el peto blanco. Entonces el Siervo de Dios, diciéndole que aquella manchita dejaba impresentable el peto, aunque era blanco, añadió: 1 Carta de don José Ronchail a don Miguel Rúa, 24 de febrero de 1883.(**Es16.43**))
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