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((**Es15.59**) suya, que vivía en la calle Santiago, le aconsejó que se presentara a don Bosco, no para pedir el milagro de la curación, sino para alcanzar con sus palabras algún alivio espiritual. Se presentó y le manifestó sus buenas disposiciones para llevar con paciencia la propia cruz, por amor de Dios. El Beato le animó y lo bendijo. Habitaba el enfermo en la avenida de Meilhan. El trayecto desde San León a su casa era muy largo para él, con la pierna en aquel estado; pensó, pues, tomar el tranvía en el cruce ((**It15.56**)) de las calles <> y Santiago. Pero, como el tranvía no llegaba, se encaminó lentamente hacia la Bolsa, esperando tomar el primer tranvía que pasara por allí, mas no encontró ninguno. Después de esperar inútilmente, enfiló despacio la <>, siempre con la misma intención, y tampoco tuvo suerte allí. Lo mismo le ocurrió en la calle <>; así que, paso a paso y casi sin darse cuenta, llegó a su casa. Por costumbre debía acostarse enseguida y cenar en la cama. Pero aquella tarde, sin dar oídas a los suyos, quiso terminar de arreglar unos asuntos, que le obligaron a estar de pie hasta la hora de la cena. Como no sentía ninguna incomodidad, quiso sentarse a la mesa con la familia y después se fue a la cama. Y he aquí que, al quitarse la venda para cambiarla, ya no volvió a ver la llaga, que había desaparecido sin dejar cicatriz de ninguna clase. Don Bosco había hecho el milagro, sin ni siquiera habérselo pedido. Se había preparado para las Hermanas un edificio poco distante del instituto, pero la humedad de las paredes y otras razones pedían que se retrasara todavía su viaje. Entre tanto, don Bosco bendijo la casa; cumplió la ceremonia a puertas cerradas y de forma muy privada; ni siquiera se invitó a las señoras de la Comisión, las cuales lo sintieron bastante, ya que ellas se habían ocupado seriamente en varias reuniones de cómo atender a la nueva comunidad. En la sesión del 3 de marzo justificó el Párroco la cuestión, alegando dos razones. La primera que no era prudente todavía llamar la atención de los vecinos sobre la presencia de aquella familia religiosa y, además, que, en los últimos días de la permanencia de don Bosco en San León, era imposible acercarse a él por los muchos visitantes que lo asediaban, y el señor Cura no había podido ponerse de acuerdo con él sobre el día, la hora y la manera. Estas explicaciones disiparon el disgusto. Cierto que, si se consideran los acontecimientos narrados en el volumen anterior, nunca era demasiada la prudencia; todavía hemos de decir que, en Marsella, entre los buenos aumentaban las simpatías ((**It15.57**)) por la obra; por eso, la Comisión de señores creyó que la obra ganaría haciendo que se conociese mejor. En consecuencia, ya durante(**Es15.59**))
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