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((**Es14.578**) un poco más allá del edificio primitivo, salía tranquilamente el chorro de agua de una bonita fuente. Pasaba un día por allí don Bosco con el director, don José Bologna, y el coadjutor Luis Nasi; se paró un instante a mirar la fuente y dijo a continuación: -Con el tiempo, el oratorio llegará hasta esta fuente. Los dos acompañantes comunicaron a otros este vaticinio; pero pasaron después tantos años que ((**It14.678**)) ya nadie pensaba en ello. A través de sucesivas compras, del 1891 al 1923, los inmuebles dichos terminaron por ser propiedad del Oratorio, mas sin llegar a la fuente de la profecía. Finalmente, el 24 de mayo de 1932, se alcanzó aquel límite. Don José Bologna y el señor Luis Nasi habían muerto hacía bastante tiempo; pero quedaban otros salesianos que lo habían oído de sus labios y, el primero de todos, el coadjutor Carlos Fleuret, que recordaba perfectamente haber oído a su compañero Nasi las palabras proferidas por don Bosco en aquella memorable ocasión. Del don de leer en los corazones pasando por alto otros testimonios similares., referiremos únicamente uno muy característico. En 1880, un joven, salido del colegio Garibaldi, donde se impartía una educación poco cristiana, y admitido en el Oratorio contra su voluntad, fue a confesarse con don Bosco, pero con tan malas disposiciones, que iba resuelto a no manifestar ni lo más esencial. El Beato, sin dejarle siquiera abrir la boca, le fue diciendo, uno tras otro, todos los pecados cometidos. Aterrorizado el muchacho, se levantó sin esperar la absolución, pero volvió después para recibirla, cuando hubo recobrado la calma y formulado el propósito de comportarse mejor en adelante. Cambió en seguida de conducta, de tal forma que, varios años después, fue admitido como novicio en San Benigno, donde contó minuciosamente el hecho al gran moralista, don Luis Piscetta. Preguntado por éste, si verdaderamente se trataba de cosas ocultas y, si nunca las había comunicado a nadie, respondió que eran pecados cometidos a solas, lejos del Oratorio y que jamás los había manifestado a ninguno. Pertenecen también a esta época dos casos de curación que tienen el sello de lo extraordinario. El señor Juan Bisio, comerciante de Turín, era muy conocido en el Oratorio, porque al regresar del servicio militar en 1864 había residido en el mismo durante siete años y figura entre los testigos citados en los procesos apostólicos. El, en 1895, manifestó que, quince años antes, teniendo enferma a su mujer de una grave afección cardíaca y estando ésta ya desahuciada ((**It14.679**)) por los médicos, le había expresado el deseo de que recibiese la bendición de don Bosco. Ella se puso muy (**Es14.578**))
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