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((**Es14.433**) lengua con tanta libertad, como puede conceder el amigo más confidente, y debo decir que fue más lo que yo dije que lo que dijo el santo varón. Observé y noté, que mientras yo no guardaba ciertos miramientos y atenciones interrumpiéndole cuando hablaba, él no me interrumpía a mí, y cortaba su discurso tan pronto como oía mi primera palabra. Tuvo la paciencia de escuchar una tras otra las varias recomendaciones de varios donantes y después la de esperar a que yo hiciese la suma total de las ofrendas, pues yo, en mi negligencia, no la había hecho antes, y observé que, incluso para no ponerme en apuros, me entregó un lápiz y se apartó a una conveniente distancia, atendiendo a otra cosa>>. Le entregó, además, una carta colectiva de cuatro clérigos de su seminario de Portogruaro. La conversación se prolongó hasta que sonó la campana para la cena, terminada la cual, le dijo amablemente el Beato: -Si no fuera porque molestaría a su Obispo, le cerraría las puertas para que no saliera del Oratorio. -No me opondría, contestó don Antonio Agnolutto; pero creo que sería un estorbo aquí. ->>Quiere, replicó don Bosco, una parroquia de diez mil almas, que tengo en América? -La aceptaría, si Dios lo quisiera así; pero tendría usted mucho que rehacer y mucho que añadir en mí. ->>Quiere una de quince mil almas? -Las mismas razones y aún más me lo impedirían. Con estas palabras se despidieron, deseándose recíprocamente las buenas noches. Pero las palabras del Beato quedaron clavadas en el ánimo del sacerdote, despertando en él el pensamiento de que en ellas estuviese expresada la voluntad de Dios; por lo cual no quiso partir sin tener antes otro encuentro para pedirle explicaciones. Por eso, la mañana del 25, día de la ((**It14.507**)) salida, estuvo al acecho en la habitación que le habían asignado y ante la cual don Bosco tenía que pasar para bajar. Lo oyó, salió y, allí mismo en el descansillo de la escalera, le pidió de rodillas la bendición y lo acompañó después hasta la sacristía, donde, animándose, le pidió consejo. El Beato, después de pensar un rato, le dijo que volviese a su diócesis, le recomendó siguiera siendo siempre un buen Cooperador salesiano y le prometió que le escribiría tan pronto como pudiese. En efecto, cumplió la palabra el 17 de junio, incluyendo también una carta para los cuatro clérigos antes mencionados. (**Es14.433**))
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