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((**Es12.323**) notó finalmente que él no hacía nada sin que apareciese querido o inspirado por don Bosco o por lo menos ejecutado en su nombre, salvo las medidas odiosas. El mismo don José Vespignani nos certifica otras cosas, que fue observando entonces día a día con sus propios ojos en aquel gran hijo de don Bosco. En la vida comunitaria le veía siempre con puntualidad en su puesto, tan puntual que, a veces, para ir a rezar las oraciones de la noche con los hermanos y los muchachos, cortaba la conversación con don Bosco, a pesar de serle tan querida. Veíale cómo procuraba, con prudente discreción, que se hiciese la lectura en el comedor y que se hiciese bien. Aquel año se acabó de leer en el comedor la Historia Eclesiástica de Rohrbacher; se habían empleado nueve años para leer quince gruesos volúmenes, porque, además, se intercalaban otras lecturas, y quería don Bosco que, cuando se leían obras muy voluminosas, se suspendiese su lectura de agosto a noviembre; la razón era que durante aquel tiempo había mucho movimiento de personal y la mayor parte de los de la casa no podían seguir la narración continuada de los hechos. Añadiremos que Rohrbacher le parecía a don Bosco el autor más apropiado para la lectura durante la comida, omitiendo algunas páginas, que aconsejaba suprimir por encontrarse allí clérigos jóvenes y coadjutores. Además veíale don José Vespignani, después de las oraciones de la noche, pasear lentamente y solo bajo los pórticos, rezando muy devotamente el rosario, y avisar con buenas maneras a los que no guardaban el silencio mandado por la Regla o que no tenían prisa por retirarse; después de lo cual daba una vuelta por todo el Oratorio. Nuestro testigo supo que repetía esta inspección a media noche, y que la terminaba en la iglesia ante el Santísimo Sacramento. Era uno de los confesores ordinarios. Don José Vespignani nos dice cómo confesaba. Lo hacía con ardor. Al amonestar ((**It12.378**)) al penitente acercaba bastante los labios a su oreja y le presentaba reflexiones y consejos muy oportunos. El que se confesaba con él, sacaba la impresión de un gran celo por encender en las almas el amor a Dios y el deseo de perfección. Su cargo le obligaba avisar y mandar. Nuestro informador nos proporciona, a este propósito, noticias dignas de ser conocidas. Don Miguel Rúa prestaba atención a todo, mas sin despertar sospecha de que desconfiara o espiase: a tanto llegaba la suavidad y dulzura de su proceder. Pero sobre su escritorio tenía habitualmente tiritas de papel, que los encuadernadores le preparaban a montones, con los recortes de las hojas. (**Es12.323**))
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