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((**Es11.106**) Y, gratamente sorprendido por tan gran coincidencia de sentimientos y palabras, el Papa exclamó: -Hemos de reconocer una verdadera inspiración del Señor, en Vos al escribir o en mí al hablar de este modo. Es señal de que estas palabras hay que tenerlas en mucho aprecio. -Ciertamente, Santidad, ha sido el Señor quien os inspiró al darnos un recuerdo tan saludable; porque yo escribí en el papel estas dos palabras muy aprisa, casi sin pensar en su importancia. Estad seguro, Padre Santo, que en cuanto llegue a Turín no sólo comunicaré esto a mis hijos, sino que procuraré que estos sentimientos sean inculcados, ampliados y explicados con pláticas y advertencias oportunas. Y como lo prometió, así lo hizo. Recomendó a todos los Directores, en las conferencias de abril, que, al volver a sus colegios, narraran el hecho y después, en toda ocasión, volvieran sobre él y lo convirtiesen en tema de sus pláticas: por ejemplo, una sobre la felicidad del que vive unido a Jesucristo, felicidad durante la vida y felicidad en el momento de la muerte. Después, desdicha del que no está unido a Cristo, esto es, que no tiene la fe católica o vive en pecado mortal; ((**It11.117**)) después, cómo no se puede vivir unido a Cristo sin estarlo al mismo tiempo con su Vicario, explicando bien que el Papa es el Vicario de Jesucristo. Terminada la audiencia, también el Secretario tuvo el honor de ser introducido. Y, aprovechando la amabilidad del angélico Pío IX, le pidió varios favores personales que le fueron concedidos. Don Bosco permaneció en Roma veinticinco días enteros. En medio de las visitas a Prelados de toda categoría, encontró la manera de pasar por varias casas religiosas masculinas y femeninas, como los Redentoristas, las Religiosas de Boca de la Verdad y sobre todo las Nobles Damas de Tor d'Specchi, en donde estuvo ocho veces, por lo menos. Recibió invitaciones para comer en casa de familias y personajes distinguidos, en las que se encontró con ilustres comensales. No podía faltar la invitación de su entrañable amigo monseñor Fratejacci, que, según se entrevé, intervino mucho en su favor. Este verdadero tipo de romano, franco y jovial, que en su correspondencia epistolar dice su sentir contra quien se oponía a su don Bosco, tampoco tenía pelillos en la lengua cuando hablaba. Un domingo, hacia las cuatro de la tarde, volviendo de la iglesia de San Eustaquio, de la que era canónigo, se encontró con don Bosco en la plaza de la Minerva y, tomándolo aparte, le dijo: -Venga aquí. Y se lo llevó a tomar una tacita de café en el cercano bar de la (**Es11.106**))
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