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((**Es1.314**) recibió el encargo de dos panegíricos, y Juan, viéndolo apurado, se ofreció a escribírselos, como lo hizo, y se los dio después para que los aprendiera de memoria. Y no sólo mientras estuvo en el seminario, sino también más tarde, ya en Turín, a la menor petición prestaba a los amigos en sus cuadernos y sermones para que se sirvieran de ellos como quisieran: lo que ocasionó se perdieran muchos de sus manuscritos. Su connatural eutrapelia demostraba la tranquilidad inalterable de su alma. Durante el recreo divertía a sus condiscípulos con chanzas y bromas decentes y agradables. A veces, proponía la explicación de ciertas frases latinas, que generalmente contenían un pensamiento mortal. Otras, tomaba una varita que apoyaba solamente en el dedo pulgar, la manipulaba en todos los sentidos, la hacía saltar, rodar rápidamente y al fin volvía a quedar inmóvil sobre el dedo. De cuando en cuando, en los primeros años, a instancias de los compañeros, hacía algún juego de prestidigitación. Don Cafasso no había aprobado su propósito radical del día en que vistió el hábito eclesiástico ((**It1.387**)). Siempre tenía nuevas ocurrencias para excitar la alegría. Un día dice a sus compañeros de dormitorio que era capaz de afeitarse con una navaja de madera. Ellos, aunque acostumbrados a contemplar siempre nuevas sorpresas, dicen que eso es imposible. Juan lo afirma categóricamente. Se hacen apuestas y se fija la hora de la prueba. Acuden todos a su habitación y lo encuntran afeitándose con una navaja ordinaria. -Dónde está la navaja de madera?- ­Pues vaya! cómo me llamo yo? -­Bosco!- De quién es esta navaja? -­Tuya!- Luego es navaja de Bosco, de modo que habéis perdido la apuesta. - La apuesta y el diálogo se habían hecho en piamontés, y en este dialecto bosco es lo mismo que madera. Los compañeros se extrañaron al principio de no haber caído en la cuenta de una cosa tan fácil, pero acabaron por darle la razón y soltaron una gran carcajada. Tenía Juan una gracia tan singular para contar historietas como no es posible imaginar: excitaba siempre la hilaridad de quien le oía. Pero él, que era serio por temperamento y carácter, jamás reía descompasadamente, ni aún con las cosas más graciosas. Con ocasión del onomástico del rector del seminario solían encargarle que hiciera una poesía en griego. Una vez, cuando todos esperaban de él una composición seria salió con un soneto jocoso. El primer verso en latín, el segundo en francés, el tercero en italiano, el cuarto en piamontés y así sucesivamente. Hubo una carcajada (**Es1.314**))
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