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((**Es1.285**) vecino, don Bertinetti. Fue, pues, un día a visitarlo, y aterrorizado le dijo: -Señor, vengo a usted por un asunto serio de conciencia. íMe parece que tengo en mi casa un mago! - Y contó al buen sacerdote una retahíla de cosas que había visto y de cosas que no había visto, pero que sospechaba, y se las pintó con tan vivos colores, que traspasó a don Bertinetti su propia persuasión. Este, creyendo descubrir en aquellos juegos ((**It1.346**)) una especie de magia blanca, decidió contar el caso al delegado de escuelas, que lo era en aquel momento un respetable eclesiástico, el canónigo Burzio, arcipreste y párroco de la catedral. El campanero de la catedral, Pogliano, en cuya casa seguía encerrándose Juan para estudiar, fue el encargado de avisar al joven que se presentara al canónigo para examinarlo, a pesar de que el mismo campanero, que conocía íntimamente a Juan, tranquilizara el respecto al arcipreste. El canónigo Burzio era un eclesiástico muy instruido, piadoso y prudente. Juan llegó a su casa mientras él rezaba el breviario y un momento después de haber dado una limosna a un pobrecito. El buen canónigo, le miró sonriente y le hizo señal de que esperara un poco: después le dijo que le siguiera a su despacho, y empezó a preguntarle sobre la fe, es decir, el catecismo. Juan respondió maravillosamente, mas previendo donde iba a terminar aquel exordio, apenas si podía contener la risa. El sacerdote pasó a preguntarle cómo empleaba el día y las respuestas fueron más que satisfactorias. El hablar del muchacho era franco, razonable la exposición de las cosas, y no aparecía sombra de engaño en sus modales. Con todo, no satisfecho el examinador todavía, siguió preguntándole con palabras corteses, pero con aspecto severo: -Hijo mío, estoy satisfecho de tu aplicación y de la conducta que has observado hasta ahora; pero se cuentan muchas cosas de ti... Me dicen que conoces el pensamiento ajeno, que adivinas el dinero que los demás llevan en sus bolsillos, que haces ver blanco lo negro y lo negro blanco, que conoces los hechos mucho antes de que sucedan y otras cosas por el estilo. Das mucho que hablar, y alguien ha llegado a sospechas que te sirves de la magia, y que en tus obras puede haber intervención del diablo. Dime, pues: quién te enseñó todas estas ciencias? Adónde fuiste a aprenderlas?, dímelo con toda confianza; te doy mi palabra de que únicamente me serviré de ello, para tu bien. ((**It1.347**)) Con mucha naturalidad Juan le pidió cinco minutos de tiempo para responder y le invitó a que le dijera la hora exacta. El canónigo metió la mano en el bolsillo y no encontró el reloj. Si no tiene el reloj, añadió Juan, al menos déme una moneda de cinco céntimos. (**Es1.285**))
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