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((**Es1.216**) siquiera que hubiese entrado en la habitación del profesor, muy lejana de la casa donde Juan se hospedaba. Entonces, qué?... Bosco lo confesó: -Lo he soñado. -A causa de éstos y otros casos similares, los compañeros de pensión le llamaban el soñador. Yo no opino sobre estos hechos, ni trato de buscar la explicación. Una constante tradición los conservó en el Oratorio. Preguntado don Bosco sobre ellos no los negó; es más, él mismo nos contaba muchos otros semejantes de incomparable belleza. El historiador de la vida de don Bosco no puede callarlos, porque sería lo mismo que escribir la historia de Napoleón I, sin reseñar ninguna de sus victorias. El nombre de don Bosco y la palabra sueño son correlativos; y si estas páginas los dejasen en olvido, se alzarían a millares las voces de los antiguos alumnos preguntando: -Y los sueños? -Y fue, en efecto, cosa admirable que, durante sesenta años, se repitiese en él este fenómeno casi continuamente. Después de una jornada de pensamientos, proyectos y trabajos, al caer su cansada cabeza sobre la almohada, entraba por una nueva región de ideas y de imágenes que le fatigaban hasta el amanecer. Ningún otro hombre hubiera podido mantenerse sin sufrir alguna alteración mental en este sucederse de la vida de la imaginación ideal a la real; en cambio, don Bosco se mantuvo siempre sereno y dueño de todas sus acciones ((**It1.255**)). Tengo presentes los avisos del Eclesiástico: <>.1 Muy bien; pero también es verdad que la vondad paterna del Señor en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y en el curso de la vida de innumerables santos dio, por medio de los sueños, fuerza, consejo, mandato, espíritu de profecía, sentencias de amenzazas, de esperanza, de premio, tanto a los individuos como a naciones enteras. Pertenecen, acaso, a este género los sueños de don Bosco? Lo repito: yo no adelanto juicios; hay quien debe juzgar de ello. Solamente digo que la vida de don Bosco es un tejido de hechos tan maravillosos que no se puede dejar de reconocer la asistencia divina, quedando por completo excluida la idea de que él fuera un insensato, un iluso, un vanidoso y un mentiroso. Los que vivieron a 1 Eclesiástico, XXXIV, 1-2, 5-8. (**Es1.216**))
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