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((**Es9.745**) fue a tentarlo, le hizo caer en desobediencia y con él arruinó a todo el género huma no. Viniendo a nosotros, podemos hacer esta aplicación: Nuestra Pía Sociedad comenzó, y comenzó bien por lo que a los socios se refiere pero vemos que ya ahora, en sus principios, el demonio empieza a entrometerse y unas veces con la envidia, otras con el descontento, procura hacer sus ganancias. Pero nosotros, que conocemos su malicia, no debemos estar quietos viendo lo que él sabe hacer, sino que debemos estar alerta y combatir. Hace ya tiempo que veo inconvenientes, que hay que evitar. Sé que se tiende a crear división, dos partidos, y esto hay que evitarlo absolutamente en una Congregación. He estado en Lanzo, en Mirabello, en Cherasco, y en estas visitas he procurado preguntar a los directores, y a los hermanos, para ver si tenían algo que observar sobre la marcha de la Sociedad. Y, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos a una respondían que, a su parecer, los miembros de Turín, de la Casa madre, no tienen la entrega que se debería tener y se tiene en las otras Casas. He observado que allí los maestros son a la par los asistentes de la clase, del estudio, de los dormitorios y del patio, y así, cuando salen de clase, en vez de ir a tomarse un rato de recreo libre, se mezclan con los alumnos, les divierten y les asisten. He visto que verdaderamente tienen mucho trabajo. Me compadecía de ellos y me ofrecía a mandarles otros que les ayudaran un poco; pero ellos, contentos, me dijeron que no mandara a nadie, porque prefieren trabajar más, ser pocos y vivir en paz unos con otros, antes que ser muchos y no ir de acuerdo. He quedado complacido de ello y doy gracias al Señor. Pero, al preguntarles si no había alguna otra cosa que enmendar, hubo un picarón el cual dijo que, una vez que vino por aquí para ciertos asuntos, vio a uno ((**It9.839**)) hacer algunas caricias a un muchacho, las cuales, según él, debían evitarse en una Sociedad como la nuestra. ->>Hubo maldad en ello?, pregunté yo. Y él respondió: -No, pero yo no puedo tolerarlo. No dije nada; mas comprendí que esto es algo que hay que corregir. Hay, concluyeron ellos, defectos que evitar, principalmente aquí en Turín. Reflexionemos, pues; veamos si hay algún peligro que impedir e impidámoslo. Yo veo, por ejemplo, que aquí, a veces, hay alguno que, cuando presentan ciertas comidas a la mesa, hace gestos y luego aparta despreciativamente lo que le han dado. Se trata de manzanas, pongo por caso, y se queja de que son pequeñas, que son pocas o que están podridas. Hay quejas del vino, de la sopa y de los diversos platos. Todo esto en una Congregación hace daño, acarrea disgustos serios y siembra descontento. Por tanto, medite cada uno un poco para sí: si hubiera que buscar el gusto de todos, no se acabaría nunca en la cocina. Procuremos, sin embargo, dentro de nuestros posibles, que todos tengan lo necesario para comer y beber, lo mismo que para otras necesidades de la vida común. Preguntará alguno si tiene que comer también lo que le hace daño. Le respondo que en los casi cincuenta años que hago vida común, entre el Seminario, la Residencia Sacerdotal y ahora el Oratorio, nunca he encontrado nada que, comiéndolo, estuviese seguro de que me haría daño. Lo que sí he visto es que cuando un alimento es menos apetecible, se come menos de él y se toma más de otro. Bien entendido que digo todo esto para los que están sanos y no necesitan alimentos especiales. Si uno estuviere indispuesto, sobran todas estas normas, y entonces puede tomar, dejar o hacerse llevar otra cosa. (**Es9.745**))
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