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((**Es9.280**) Ciertamente, monseñor Rota le contestó sobre cómo pensaba la mayoría de los obispos subalpinos y cómo él también había condescendido con la petición del Siervo de Dios. El 27 de junio, sábado, después de las confesiones, bajó don Bosco al comedor y leyó una carta de don Miguel Rúa, al clérigo Berto y a varios otros salesianos. Unas monjas del sur de Italia le enviaban un donativo por cierta gracia recibida. Como estaba relajada la Comunidad en la observancia de las Reglas, algunas religiosas se habían encomendado a María Auxiliadora y no tardaron en enfervorizarse todas en sus deberes religiosos. Hablóse luego de las causas que enfrían el espíritu de piedad y de obediencia. Se puso de manifiesto cuán pernicioso es el apego a las propias comodidades; el no querer renunciar a ciertos objetos, a ciertas costumbres, no conformes con el espíritu de las Reglas; se observó que la ruina de muchas órdenes religiosas fueron las riquezas. El afecto a la tierra disminuye y, con frecuencia, apaga el deseo de las cosas del cielo. Y don Bosco demostraba qué tiranía ejerce en el corazón de las personas, aun las buenas, el excesivo afecto a las riquezas. La marquesa X..., que vivía en Turín, era ya vieja ((**It9.297**)) decrépita y cayó gravemente enferma. Llamaron a don Bosco. Era una de las primeras bienhechoras de la casa, a la que todos conocían. Después de confesarse, dijo a don Bosco: -He llegado, pues, al fin de mi vida. Y fijaba los ojos asustados en su cara. Don Bosco le contestó que sólo Dios conoce el final de nuestros días y que hemos de descansar tranquilos en sus brazos, dejando que él disponga de nosotros como le plazca. -Entonces, >>tengo que dejar este mundo? >>Las riquezas de mi casa? >>Se me quitará cuanto poseo?, continuó diciendo la pobre señora, agitada por la fiebre, que le ocasionaba un principio de delirio. El Venerable le dirigió unas palabras sobre los bienes mayores que el Señor ha preparado para quienes le aman, en comparación de los cuales los bienes terrenos son más despreciables que el fango. La señora, sin prestar atención, exclamaba: ->>Dejar este palacio, mis habitaciones, mi bonito salón? Me parecía estar tan bien en este mundo... >>Y tengo que abandonarlo? Dicho esto, hizo llamar a unos sirvientes y ordenó que la llevaran al salón. No se atrevían éstos a obedecerla, por miedo a que se les muriera en el traslado. Pero ella insistía y don Bosco creyó oportuno (**Es9.280**))
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