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((**Es8.852**) El Arzobispo, a la par que condescendía a la petición de los clérigos de ir a clase al Seminario, repetía que no permitiría que ninguno de los clérigos del Oratorio, diocesanos suyos, fuera ordenado, si no se uniformaba a sus prescripciones. En aquel momento era conocida por bastantes la controversia entre el Arzobispo y don Bosco, y personajes sesudos participaban en favor de uno y de otro. Algunos párrocos estaban de parte de Su Excelencia y se oponían a que los muchachos de su parroquia se hicieran salesianos y querían que los que ya eran clérigos, entrasen en el Seminario. Estaban entre éstos el párroco de Caramagna y el de None. El primero, el teólogo Bernardo Appendini, modelo de virtudes sacerdotales, creía que don Bosco era un fanático, que infundía su fanatismo en los demás. Acostumbraba decir: -Los que se quedan con don Bosco están locos o terminarán por estarlo. Aludía al pobre reverendo Fusero que había enloquecido, es cierto, mas no por fanatismo religioso. No pensaba que don Juan Bonetti y don Santiago Costamagna, también feligreses suyos, y que estaban con don Bosco, no tenían la cabeza desequilibrada, como espléndidamente lo demostraban y lo demostraron con sus hechos. Pero él había empezado a opinar más favorablemente sobre don Bosco, desde que monseñor Rota, Obispo de Guastalla, llegó a Turín relegado a domicilio forzoso. Cuando supo la caridad con la que el Obispo ((**It8.1004**)) había sido recibido en el Oratorio, después de no haberlo sido en ningún otro lugar por miedo a alguna molestia por parte del Gobierno, exclamó inmediatamente: -íHe aquí un hombre verdaderamente generoso que hace el bien por el bien! No tiene fines de otra índole; no mira el peligro a que se expone; no teme nada y cumple su deber con franqueza y tranquilidad. Entonces don Bosco no es ese hombre que me han hecho suponer... Tomó, en consecuencia, el propósito de estudiar las acciones del Siervo de Dios. Su estudio fue largo y desapasionado; sin embargo, no comprendió la necesidad que don Bosco tenía de retener a los clérigos que querían ayudarle; y le parecían necesarias las disposiciones del Arzobispo. También era difícil en doblegarse el teólogo Abrate, piadoso y doctísimo párroco de None. No había cedido nunca en la cuestión, y tenía muchos prejuicios contra el Oratorio. Había movido cielos y tierra para que el clérigo Pablo Albera, su feligrés, entrase en el Seminario (**Es8.852**))
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