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((**Es8.821**) prudente, tenía a sus órdenes poco más de una decena de asesinos de categoría, desterrados unos y otros traidores caseros. Bajo su guía militaban los satélites de la junta de insurrección, a los que se añadieron brigadas, escogidas entre la gente viciosa, desecho de las cárceles. De entre los romanos se habían reunido unos cientos, que ayudaban a esconder en sus casas a los conjurados forasteros que sumaban bastantes centenares, aunque reunidos en pequeñas partidas y provistos de pasaportes auténticos. Se introducían en la ciudad con muchas precauciones, y distribuían en abundancia por varios puntos de la ciudad armas de fuego, de punta y de corte. Tenían, además, muchas bombas ((**It8.968**)) escondidas en los subterráneos y muchísimos arneses para forzar las puertas de las casas. Pero el plan más apasionado de Cucchi estaba en la preparación de barrenos. Juntamente con Luis Castellano, de Pavía, se movía por todos los subterráneos y, a sangre fría, estudiaba los sitios donde amontonar la pólvora. Lleno de odio satánico, buscaba toda ocasión para colmar de ruinas y sangre la metrópoli del catolicismo. Tenía el feroz intento de minar y hacer volar las residencias de los embajadores, los ministerios pontificios, y todos los cuarteles, aun los de la guardia Suiza del Vaticano, bajo las habitaciones del Santo Padre Pío IX, y cualquier puesto donde acampasen las tropas. Finalmente compró a media docena de artilleros, los únicos traidores en toda la guerra, que pertenecían a la defensa del castillo de Sant'Angelo y les encargó inmovilizar los cañones y pegar fuego al polvorín. En él había dieciséis mil kilogramos de pólvora, que al explotar, envolverían en las ruinas toda una compañía de zuavos y trescientos garibaldinos prisioneros de guerra. Al mismo tiempo estallarían treinta volcanes implicando en el estrago a numerosas familias pobres y la destrucción de Dios sabe ícuántos monumentos históricos! En covachas escondidas distribuía Cucchi los atrasos a los conjurados, con amenazas de apuñalar a quien revelase el secreto o mostrase timidez para ejecutar las órdenes. Allí había continuas reuniones clandestinas de los cabecillas con planes sanguinarios. Se había decidido abrir las cárceles y liberar a los malhechores, asaltar el palacio de la Pilotta 1 y matar al Ministro de la Guerra con su estado mayor, a los oficiales reunidos en su casino, y dar muerte a 1 Pilotta: Edificio situado en la plaza del mismo nombre, donde hoy se halla la Universidad Pontificia Gregoriana. (N. del T.) (**Es8.821**))
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