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((**Es8.807**) -Eres tú, A... (y pronunció nombre y apellido), un lobo que te revuelves en medio de los compañeros y los alejas de los Superiores, poniendo en ridículo sus avisos. Eres tú, B..., un ladrón que con tus palabras empañas el candor de la inocencia... Eres tú, C..., un asesino que con ciertos papeluchos, con ciertos libros y con ciertos escondrijos, arrancas del lado de María a sus hijos. Eres tú, D..., un demonio que estropeas a tus compañeros y les impides con tus desprecios que se acerquen con frecuencia a los sacramentos... Y siguió. Nombró a seis. Su voz era tranquila, su pronunciación recalcada. A cada nombre que decía se oía un grito sofocado, o un sollozo, un íay! del culpable nombrado que ((**It8.951**)) resonaba en medio del silencio sepulcral de los compañeros aterrorizados. íAquello parecía el Juicio Universal! Cuando terminó de hablar, todos se retiraron sin resollar. Solamente se quedaron los seis, sollozando, y apoyados contra una columna o contra la pared. El Venerable se detuvo en medio del pórtico. A cierta distancia hacían corro varios sacerdotes y clérigos: entre ellos estábamos nosotros, espectadores de una escena conmovedora. Aquellos pobrecitos se le acercaron; unos tomaron sus manos y se las besaban, otros se agarraron a su sotana. El les miró, ímientras rodaba una lágrima por su mejilla! Ninguno habló. Don Bosco dijo a cada uno una palabra confidencial de aliento y subió a su cuarto. Al día siguiente unos salieron para su casa, algún estudiante pasó a la sección de aprendices, dos de ellos, después de una prueba, volvieron a continuar los estudios. Los que siguieron en el Oratorio cambiaron radicalmente de conducta hasta emular a los mejores y fueron excelentes cristianos, apreciados y honrados por todos. Don Bosco había hablado en defensa de los intereses de Dios y en su nombre, y sus palabras habían sido de singular eficacia. Mientras trabajaba así por la vida espiritual de sus hijos, proveía también a su vida material. Escribía al Ministro de la Guerra en Florencia: Excelencia: Los pobres jovencitos internados en la casa del Oratorio de San Francisco de Sales recurren humildemente por mi medio a la caridad de V. E., que ya experimentaron en años precedentes. Piden prendas de vestido, calzado, mantas para la cama, aunque estén usadas y (**Es8.807**))
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