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((**Es8.183**) se le afilaba el rostro y le castañeteaban los dientes, el catarro parecía ahogarlo, la tos le quebrantaba el pecho y salía la sangre de su boca, no emitía un grito, ni un lamento, antes bien afloraba a sus labios una sonrisa, desgraciadamente espasmódica y angustiosa. Quien se hallaba presente a una de estas crisis adquiría un sentimiento de compasión que le duraba todo el día; y, sin embargo, él, apenas podía recuperar la respiración, decía inmediatamente: Deo gratias. Después de haber estado aletargado unos minutos, de haber pasado una noche desvelado, tras haber tomado un bocado o un sorbo, a continuación de un paseito por el jardín, después de recibir una noticia buena o mala, repetía siempre: Deo gratias. Los clérigos, aunque eran pocos y cargados con las obligaciones de clase, de estudio, recreos y paseos, se habían repartido las horas del día y de la noche, de modo que a toda hora había uno de ellos para atender al querido enfermo. Pero éste hacía lo posible para causar el menor estorbo a ellos y al colegio. Procuraban prepararle comidas que suponían de su gusto, pero frecuentemente, cuando las tenía delante, sentía tal repugnancia y tales náuseas que, pidiendo excusas, rogaba las devolvieran a la cocina y prohibía al mismo tiempo que le preparasen otras. Le producía algún alivio una sopita de sémola muy caliente que, por orden del médico, se le llevaba cada dos horas. Sucedió cierta mañana que el clérigo encargado de servírsela tuvo que suplir al maestro de una clase, creído que alguien ocuparía su puesto junto al enfermo. Pero no fue así y don Víctor se quedó toda la mañana sin el acostumbrado caldo. Tenía a mano la cuerda de la campanilla, mas no quiso ((**It8.205**)) llamar a nadie hasta la una de la tarde, esperando que terminase la comida comunitaria. Llamó entonces, acudió el clérigo Sala y don Víctor le preguntó sonriente: ->>Os habéis olvidado de mí? ->>Cómo? >>Aún no le han traído la comida? Bajó inmediatamente a la cocina para dar las órdenes oportunas. Acudió mientras tanto junto al enfermo el clérigo, involuntariamente causante del descuido, esperando la merecida reprimenda, y a sus excusas oyó que le respondía afectuosamente: -No importa; tráeme ahora algo. Deo gratias. Temía morir sin verse asistido por los hermanos; así que, si en algún momento se encontraba solo, este pensamiento le ocasionaba una angustia que le ponía nervioso. Y, sin embargo, muchas noches obligaba al enfermero a retirarse para que descansara. -No es lógico, repetía, que sufran los demás por mí. (**Es8.183**))
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