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((**Es6.555**) en el último trecho del camino tuvo por compañeros de viaje a un sacerdote y a un fraile franciscano del convento de San Antonio. Los dos comenzaron a hablar sobre algunos sacerdotes, que se distinguían en Piamonte por sus obras de caridad, y cayó la conversación sobre don Bosco. -Después de todo, éste no es el hombre que la fama pregona, dijo el frailecito; es un verdadero estafador, un mentiroso; conoce a las mil maravillas el arte de hacerse con el dinero ajeno para enriquecer a sus sobrinos, que, de pobres campesinos que eran, viven ahora a lo grande, pues ha fabricado para ellos todo un palacio en su aldea. Don Bosco, sin darse a conocer y conservando su habitual serenidad, le preguntó si había visto alguna vez a aquel sacerdote, a quien tan severamente juzgaba y si había visitado su Casa en Valdocco. Dijo el fraile que no, pero que todo lo que había dicho, se lo habían contado personas dignas de crédito. E insistía en sus dislates, mientras don Bosco se limitaba a exhortarlo a que se asegurase personalmente de la verdad de lo oído, yendo a ver el Oratorio para conocer a don Bosco y conversar con él. Decíale: -Mire, yo he ido a esos lugares donde usted dice que don Bosco ha levantado un palacio y nunca he oído contar a nadie semejantes dislates. ((**It6.736**)) Entretenidos en estas conversaciones llegaron a Casale, donde algunos eclesiásticos aguardaban a don Bosco, y he aquí que don Oclerio Provera, preceptor de los hijos de la condesa de Callori, abrió la portezuela del coche y subió para ayudar a don Bosco a bajar, mientras los otros sacerdotes, tan pronto como lo vieron, le saludaron por su nombre con alegría y regocijo. El frailecito se dio cuenta entonces de que su compañero de viaje era precisamente el mismo de quien tanto había hablado y, lleno de confusión, fue tras él. Cuando lo alcanzó pidióle perdón diciendo que no había intentado ofenderle, pues no sabía quién era. Ocupado don Bosco en responder a los agasajos de sus amigos, pareció de buenas a primeras que no hacía caso de sus palabras, pero no tardó en volverse a él con cierta seriedad y decirle: -Conforme; pero en otra ocasión no hable de lo que no conoce y no se atreva nunca a murmurar del prójimo; se lo recomiendo. Llegado al palacio episcopal, donde le habían preparado hospedaje, fue recibido con grandes agasajos por el Obispo y por su viejo amigo el teólogo Juan Bautista Alvigini, Canónigo Penitenciario de la Catedral y Rector del Seminario. Después de hablar sobre diversos (**Es6.555**))
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