Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


((**Es6.500**) fuerzas con quien puede más que ellos: con la Virgen y con Dios mismo, que desbaratará sus planes. íNo, no conseguirán cerrarlo! A la hora fijada llegó don Bosco al Ministerio; entró en la sala de espera y se hizo anunciar. Pero el Secretario Spaventa, olvidado o arrepentido de la palabra dada, mandó a decir que le sería difícil poder recibirlo, dados los gravísimos asuntos que tenía entre manos. Don Bosco respondió al recado: -Aguardaré, hasta que el señor Secretario pueda recibirme. Y resuelto a esperar el tiempo que fuera menester para ser recibido, con una tranquilidad inigualable, sin acordarse del calor ni de la necesidad ((**It6.665**)) de comer y apagar la sed, se quedó esperando hasta las seis de la tarde. Durante aquellas siete horas fue llenándose el salón continuamente de muchísimas personas de toda clase y condición, que pasaban, una tras otra, al despacho del Secretario, hasta los últimos llegados; pero a don Bosco no le tocaba nunca el turno. Los ordenanzas iban y venían atravesando la sala, miraban al pobre cura con aire burlón, sonreían maliciosamente y al encontrarse se guiñaban el ojo y movían la cabeza. Los señores que aguardaban su turno miraban extrañados a aquel sacerdote sentado en un rincón, con el clérigo Cagliero a su lado al principio, y después con el sacerdote Angel Savio, que había ido a substituir al compañero para que éste fuera a comer. De cuando en cuando, don Bosco se levantaba, se acercaba a uno de los ordenanzas, renovaba su petición e insistía para ser admitido a audiencia. Luego, con inalterable paciencia, volvía a su puesto. Llegó a ser tan amarga aquella situación que los mismos ordenanzas empezaron a compadecerse de él. Por fin, el caballero Spaventa, avergonzado quizá de tratar de aquel modo a un ciudadano, que, aunque fuera sacerdote, era con todo igual que los demás ante la ley, se decidió a dejarse ver. Así que, después de barbotar, de modo que don Angel Savio pudo oírlo: -Qué quiere ese importuno? Se presentó a la puerta del despacho y le dijo con rudos modales: -Don Bosco, qué sucede para insistir tanto en hablarme? Al verle y oír aquellas palabras, todos los presentes, incluso los empleados y ordenanzas presentes en la sala, volvieron sus ojos hacia el pobre sacerdote, que respondió de esta manera: -Necesito hablar unos instantes con Su Señoría. ((**It6.666**)) -Qué quiere? -Quisiera hablarle confidencialmente. (**Es6.500**))
<Anterior: 6. 499><Siguiente: 6. 501>

Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


 

 

Copyright © 2005 dbosco.net                Web Master: Rafael Sánchez, Sitio Alojado en altaenweb.com