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((**Es6.485**) insigne bienhechora de don José Cafasso y de don Bosco, lo mismo que la vivienda del conde de Collobiano, que iba a visitar a menudo al Arzobispo de Pisa. Pero no se encontró ni el más corto hilo de la supuesta trama clerical. Don José Cafasso suavizaba el dolor que le causaban estas noticias, con sus continuas aspiraciones al Paraíso. Preveía su muerte con tal claridad que parecía haber tenido revelación del día, hora y demás pormenores de la misma, a pesar de que los más acreditados peritos del arte médico, haciendo cuanto podía sugerirles el afecto y el deber, alimentaron durante una semana la esperanza de la curación. Llegaban al heroísmo su tranquilidad, paciencia, resignación y viva fe. Don Bosco iba cada día a visitarle y una vez le dijo don José Cafasso que ordenara especiales oraciones por él en el Oratorio. -Ya lo hemos hecho, respondió don Bosco, y seguiremos haciéndolo; pero he dicho a mis muchachos que usted vendría un día de fiesta a impartirnos la bendición con el Santísimo Sacramento. Replicó don José Cafasso: -Esté usted tranquilo; ((**It6.646**)) vaya, rece y diga a sus muchachos que les bendeciré desde el Paraíso. Preguntóle entonces don Bosco si tenía algún recado que mandar, algo que escribir, alguna orden que dar. Contestó riendo: -No faltaba más que yo, que siempre prediqué a los demás que un sacerdote debe arreglar cada noche sus cosas como si fuera aquella la última de su vida, resultara que yo no lo hubiera hecho y hubiera aguardado hasta este momento para arreglar todo lo mío. Todo está arreglado, todo está en regla. Sólo una cosa que queda todavía que tratar y es lo que se refiere al Paraíso, que pronto alcanzaré. Todos notaban que recibía con su acostumbrada bondad a quienes se acercaban a su lecho; pero unos minutos después, encomendándose a las oraciones de los visitantes, mostraba su deseo de que se marcharan. No quería que nadie se entretuviera con él, más tiempo del que pedía la estricta necesidad. Ansiaba estar solo para entretenerse más libremente con Dios, hasta cuando la enfermedad iba extinguiendo su vida. Es más, no daba señales de agrado, ni siquiera cuando le sugerían jaculatorias, como si estas oraciones interrumpieran sus ordinarios coloquios con Jesucristo, con la Madre del Salvador, con su Angel Custodio y con san José. Le molestaba la continua asistencia del enfermero. Sin embargo, don Bosco, habiendo quedado un día a solas con él, se atrevió a decirle (**Es6.485**))
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