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((**Es6.307**) Como sapiente educador los prevenía, invitándolos a juegos que ejercitaban sus fuerzas físicas. Y él mismo se asociaba a sus diversiones y a veces los desafiaba a una carrera. Otras veces invitaba a todos a jugar al marro y hacía que le colocara la suerte en uno de los bandos, cuando veía en el otro a un determinado jugador, que llevaba tiempo [403] con una conducta dudosa y se industriaba por estar alejado de él y así no ser amonestado. Empezaba el juego, y cuando estaba encarrilado y era máxima la confusión de los jugadores, don Bosco, puestos sus ojos en la presa, salía a tiempo de su trinchera y, esquivando todo obstáculo, la agarraba, mientras todos gritaban: íPreso, preso! Y entonces le decía don Bosco bromeando una de aquellas palabras, que le ganaban los corazones. Si no se sentía con fuerzas para este juego, colocaba a los muchachos en fila de dos en dos, se ponía él a la cabeza del batallón, abría después de la marcha y íadelante! Entonaba el estribillo piamontés: Un, doi, polenta e coi (uno, dos, polenta y coles); los chicos lo repetían cientos de veces, marchando a paso acompasado, batiendo palmas y golpeando el suelo bajo los pórticos con tanto ruido como para hacer temblar la tierra. Salían al patio, volvían a entrar bajo las arcadas; giraban a la derecha, a la izquierda; subían las escaleras por un lado, pasaban por un corredor, bajaban por otra escalera. Y siempre batiendo palmas y levantando la voz, de acuerdo con el ejemplo que don Bosco les daba. Por fin, cansados pero alegres, oían con pesar el sonido de la campanilla que los llamaba a sus deberes. Este paseo hacía el papel de una ronda de inspección. Muchísimas veces, particularmente el curso de 1859-1860, alineaba don Bosco a centenares de muchachos en mitad del patio en fila india; se ponía él a la cabeza y después de decir: -Siempre detrás de mí; hay que poner el pie sobre la huella del que va delante-, abría la marcha batiendo palmas a compás, imitado por los que le segúian. Y ahora giraba a la dercha, ahora a la izquierda, ahora marchaba en línea recta, ahora trazaba una oblicua y, al cambiar de dirección, formaba un ángulo agudo, un ángulo recto o una circunferencia. De repente decía. íAlto! Y los muchachos, que le había seguido en todos aquellos rodeos ((**It6.404**)) caprichosos, quedaban colocados, uno junto a otro, en grupos extraños cuyo significado no hubiera podido explicar un observador. Pero otros muchachos, que comprendían la intención de don Bosco con aquellos movimientos, subían a la galería, veían cómo cada grupo formaba una letra de enorme tamaño y leían claramente las palabras: VIVA PIO NONO. (**Es6.307**))
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