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((**Es5.235**) Así de grande era en él la virtud de la paciencia. Sus ocupaciones eran tantas que le reclamaban todos los minutos del día. Sin embargo, a las comidas muy alargadas, seguían las dilatadas conversaciones en las salitas donde se tomaba el café. Todos tenían algo que preguntar a don Bosco, el cual, siempre amable, no daba señal de cansancio. Y, sin embargo, debía ejercer un gran dominio de sí mismo. A propósito de esto contó don Francisco Cerruti: <>Después de la comida, pasamos al salón, y uno de la familia del Conde se puso al piano. Don Bosco, sentado en el sofá, se volvió a mí y me dijo bajito: >>-íYa ves lo que es la vida! Tengo tanto que hacer, y, sin embargo, heme oyendo música. >>Pero qué remedio? Si no lo hago así, >>cómo hallar dinero para comprar pan a nuestros muchachos? Por otra parte, estos buenos señores se merecen toda atención por la generosidad que nos dispensan tan de corazón>>. Cuando volvía por las tardes a Valdocco, todos los alumnos pudieron comprobar más de cien veces cuán arraigado se hallaba en él el hábito de la templanza y de la mortificación, y ((**It5.323**)) cómo no hacía distinción entre mesa y mesa. Sentado en el comedor de la comunidad, comía regularmente y con buen apetito su cena, y tomaba la pobre y pasada sopa del Oratorio con la misma satisfacción con que había paladeado las viandas servidas por los señores. Jamás se le oyó hablar de la abundancia y los exquisitos manjares que le habían puesto a la mesa, de los que, a pesar de su feliz memoria, ciertamente ya no se acordaba, y solía repetir a menudo que donde mejor comía era en el Oratorio. Sólo cuando se le preguntaba, hacía una breve relación del convite y de la categoría de los convidados. Hay que mencionar también otra radiante virtud atentamente observada y advertida con admiración en don Bosco por cuantos frecuentaban los salones y casas señoriales adonde él acudía. Era su trato amable y cortés con las señoras y sus hijas, unido a una severa discreción en el porte y las palabras. Ni una sola vez apareció en él la menor descortesía, aun en circunstancias en que hubiera parecido mala educación no aceptar una gracia que perecía oportuna. Sucedió en alguna ocasión, por aquellos años y particularmente en los últimos de su vida, cuando caminaba con dificultad y le favorecía poco la vista, que la dueña de casa le rogara se apoyase en su brazo para bajar las escaleras. Un día, en efecto, don Miguel Rúa, que le acompañaba, estaba observando a ver cómo se las arreglaría, seguro (**Es5.235**))
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