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((**Es3.71**) Estas palabras redujeron a aquel pobre hombre a hablar con moderación. Y entonces don Bosco, con franqueza, le dijo: -Crea, amigo mío, que la felicidad no se encuentra en este mundo, si no se está en paz con Dios. Si usted está tan disgustado y enfadado es porque no piensa un poco en la ((**It3.79**)) salvación de su alma. Si la muerte viniera a quitarle la vida en este momento, ciertamente que no estaría muy contento. El amigo se quedó pensativo y conmovido. Don Bosco le fue persuadiendo a que fuera a confesarse, ya que hacía mucho tiempo no lo hacía. Pero temiendo que las buenas disposiciones del momento se quedaran en humo de pajas y que, una vez lejos, no cumpliera su actual propósito, le invitó a hacerlo enseguida. -Estoy dispuesto, respondió; pero, >>dónde? -Aquí mismo. ->>Se puede? -Claro que se puede. Hablando, hablando, habían caminado un poquito y, aunque siempre en la Plaza de Armas, estaban en un sitio donde no había nadie y donde unos árboles le servían de pantalla. Allí confesó don Bosco a aquel pobre hombre que, fuera de sí por la alegría, no acertaba a separarse del que había procurado tal paz a su corazón. Le ocurrieron otros casos por el estilo que sería prolijo añadir. También nos contó cierto buen señor que él se había confesado con don Bosco cerca de los torreones de la Plaza de Manuel Filiberto. En aquellos primeros años del Oratorio, había a lo largo de la calle de La Jardinera, como ya hemos dicho, un amplio cobertizo de los señores Filippi alquilado al contratista Visco, donde se guardaban los carros del Municipio. Allí iban por las noches los carreros y una pobretería de toda especie, borrachos, blasfemos, que, particularmente en el buen tiempo, bailoteaban sin medida. Eran vecinos que no inspiraban demasiada confianza. Estaba un día mamá Margarita en la galería, limpiando la sotana nueva de su hijo, la tendió ((**It3.80**)) sobre la baranda de madera, y se retiró un momento a su habitación. La galería no estaba muy alta del suelo y, cuando volvió, ya no se encontró la sotana. Se la habían robado. Va la pobre mujer en busca de su hijo y se lamenta de la fatal y desagradable sorpresa: -Seguro que ha sido alguno de ésos que se pasan todo el día en ese almacén sin hacer nada.(**Es3.71**))
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