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((**Es2.68**) la iglesia para ir a la sacristía al tiempo que estaban predicando. Vio sentados en las gradas de un altar lateral a unos muchachos albañiles, que dormitaban en vez de escuchar. En voz baja les preguntó: -Por qué dormís? -No entendemos nada, respondieron; ese sacerdote no habla para nosotros. -íVenid conmigo! Se los llevó a la sacristía y los invitó a acudir con los otros a su catecismo. Estaban, entre estos jovencitos, Carlos Buzzetti, Germano y Gariboldo. De este modo iba creciendo de semana en semana el número de catecúmenos, a los que don Bosco recomendaba siempre que llevaran cuantos más compañeros pudiesen. Su propósito era conducirlos a Dios con el cumplimiento de los divinos mandamientos y las leyes de la iglesia. Se las componía enseguida para que observaran el precepto de oír la santa misa los días festivos. Les enseñaba las oraciones de la mañana y de la noche, inculcándoles vivamente esta práctica de piedad, y los iba preparando para hacer una buena confesión. Desde el principio se les permitió que, al salir del catecismo, pudieran jugar en la plazoleta que había frente a la iglesia. Pero, ((**It2.77**)) don Bosco, durante aquel invierno, se limitó a cuidarse sólo de algunos de los mayorcetes que, por ser forasteros en Turín y vivir lejos de la familia, estaban más necesitados de instrucción religiosa. Eran en su mayoría albañiles, procedentes de la parte de Biella y de Milán. El sacristán ya no tenía nada que oponer, porque don Bosco, con constante afabilidad y algún regalillo le había convencido del gran bien que se venía haciendo. Le hemos conocido ya muy viejo, en 1891, y guardaba un grato recuerdo de don Bosco. Los jóvenes adelantaban en el conocimiento de las verdades de la fe y los resultados morales eran evidentes y consoladores. Entretanto don Bosco, con el ánimo que infunde el verdadero amor al prójimo, iba por la ciudad y buscaba patronos a quienes recomendar, ora a uno, ora a otro de sus protegidos, para sacarlos del ocio y tenerlos lejos del vicio. En el día de Navidad algunos de aquellos jovencitos recibieron en su corazón a Jesús sacramentado y la alegría que se transparentaba en sus rostros se reflejaba en el corazón de don Bosco, que experimentaba en sí mismo los consuelos de todos sus queridos alumnos. El Señor premiaba así la humildad con que se dejaba guiar en todo. Porque todo esto lo hizo siempre de acuerdo con sus Superiores y la anuencia de la Autoridad Eclesiástica con la que se mostraba respetuosísimo.(**Es2.68**))
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