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((**Es2.421**) cada clase y descendía a la planta baja para ver si maestros y alumnos guardaban el orden. Su presencia era acogida con alegres movimientos de cabeza y la sonrisa de los chiquillos, que respondían a la suya, y a la señal de su mano sobre los labios, señalando quietud y silencio. Daba un vistazo al patio y los alrededores de la casa y subía de nuevo a su habitación, convertida en aula. Estaba a su cargo la explicación del sistema métrico: con admirable paciencia lograba meter en las cabecitas de sus alumnos lo que había escrito en su libro. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas se complacían yendo por la noche a Valdocco, para observar y estudiar el método por él seguido para instruir simultáneamente a aquella turba juvenil. Ellos, que conocían muy bien a don Bosco y sus escritos, afirmaron más tarde que, aunque los hombres de ingenio y pensadores profundos no suelen distinguirse por la tenacidad de su memoria, él, en cambio, gozaba de una memoria prodigiosa por un parejo con su ingenio y con su corazón. Pero don Bosco no se conformaba con la instrucción científica; juntamente con el teólogo Nasi animaba las clases con lecciones de canto gregoriano y música vocal, que quiso continuaran dándose siempre. Mucho le ayudó también a ello don Miguel Angel Chiatellino de Carignano, alumno en la Residencia Sacerdotal de San Francisco de Asís, que empezaba entonces a frecuentar el Oratorio, donde continuó enseñando música por cerca de ocho años. Era hábil organista y acompañaba más tarde a los jóvenes cantores en las iglesias de Turín y en las excursiones ((**It2.562**)) otoñales a Castelnuovo y a I Becchi para la fiesta del santo rosario. Por este digno sacerdote hemos sabido que los estudiantes catequistas, los maestrillos y todos los demás del Oratorio infundían en el corazón de muchos chicos, que no iban a Valdocco, el afecto y la confianza hacia don Bosco; de modo que, a veces, acudían a él no sólo para los asuntos espirituales, sino también para pedir consejo y protección en los líos que imprudentemente se habían metido. Relatamos, de entre muchos, el siguiente caso. Un estudiante universitario se había emtrampado con un prestamista judío; no sabía cómo salir del apuro y tampoco se atrevía a pedir a su padre el dineo que adeudaba, por miedo a que llegasen a enterarse de su mala conducta. En tan angustiosa situación, alguien le aconsejó que se presentara a don Bosco para recibir consejo y consuelo. Fue en efecto; y don Bosco, aunque no le conocía, le acogió y escuchó con todo cariño, le exhortó a apartarse del peligroso camino que había emprendido, le animó a hacer las paces con Dios, con una (**Es2.421**))
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