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((**Es2.132**) los últimos momentos; y, a veces, acudía por propio impulso al lecho de quien se enteraba no estaba preparado para la muerte. Y no temía frecuentar aquellas salas y contraer las enfermedades de pobres pacientes, como atestigua don Rúa. Así continuó hasta 1870. No se olvidaba, entretanto, de la pequeña Casa de la Divina Providencia y de la invitación que le había hecho el venerable Cottolengo. Aunque era él todavía joven, había allí muchísimos enfermos que deseaban confiarle sus culpas y las penas que les angustiaban. Sucedía a veces que no podía volver a la Residencia hasta bastante tarde, cuando los residentes ya habían rezado el rosario. El teólogo Guala, aunque debía saber el permiso que tenía de don Cafasso, no dejaba de reñirle a su llegada. -Hay que volver a la Residencia a la hora establecida. Don Bosco, sin defenderse, sin enfadarse, respondía humildemente: -íHabía tanto que hacer en el Cottolengo! Y replicaba el teólogo: -íHay que cumplir el horario: lo que quede, lo hará otra vez! Parece que el Rector hablaba así para poner a prueba la virtud del alumno. En efecto, le dejó seguir con sus visitas, tan provechosas para las almas, varios días a la semana; y don Bosco dio en ellas pruebas de heroísmo sacerdotal sorprendente. Don Bosco no dejó de ir a aquellas enfermerías donde encontraron los cuidados más afectuosos muchos de los jóvenes del Oratorio hasta 1874. Ya desde el principio hasta ((**It2.163**)) 1860, iba con frecuencia tres o cuatro veces al día, llamado unas veces y otras, espontáneamente. Hacia 1845 estalló una epidemia de tifus exantemático y don Bosco siguió asistiendo a aquellos pobrecitos: se contaminó y conservó sus huellas durante toda su vida, con no pequeñas molestias, según observó y le oyó contar don Rúa. Don Sala, que arregló y amortajó sus despojos, le vio reducido a un estado que causaba compasión, con unos herpes corridos por toda su piel, especialmente por la espalda. El cilicio más áspero no hubiera podido atormentarlo más horriblemente y quizás como tal se lo dio Dios para que nadie pudiese conocer su extraordinario amor a la mortificación y a la penitencia. (**Es2.132**))
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