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((**Es19.98**) una circunstancia, oportunamente puesta de relieve por Salotti, que, dejando ya de lado la pluma del censor, había tomado la del devoto admirador. La beatificación de don Bosco coincidía el año 1929 con el jubileo sacerdotal del Papa. Al recordar tan fausta conjunción de fechas, el Promotor de la Fe dijo estar cierto de interpretar el pensamiento del Padre Santo, asegurando que la coincidencia de los dos sucesos debía ser muy agradable a Su Santidad. Y fue el mismo Papa quien dio a entender claramente a continuación que la que él decía, no andaba lejos de la verdad. Así pues, los Cardenales y Consultores de los sagrados Ritos, reunidos por última vez el 9 de abril de 1929, en presencia del Papa, votaron favorablemente que se podía tuto (con seguridad) proceder a la solemnidad de la beatificación. Entonces el Papa dejó para otro día la manifestación de su juicio definitivo, deseando antes implorar las luces celestiales. Finalmente fijó la ceremonia para el día veintiuno siguiente. Aquel día, con las formalidades ((**It19.109**)) descritas para los decretos de las virtudes y de los milagros, se dio lectura pública del decreto del Tuto. He aquí la fiel traducción del mismo. Muchas cosas, muy grandes y admirables, obró el Venerable Siervo de Dios Juan Bosco para promover la gloria del Señor y facilitar la salvación del género humano. Como hombre enviado por Dios para cumplir esta doble misión, empezó por atender a los muchachos, a quienes enseñó los preceptos y deberes de la religión, educó en las buenas costumbres, cuidando además activamente su instrucción cívica, y trabajó con todo entusiasmo a fin de que el mayor número posible aprovechase el beneficio de la Redención. Su voluntad de ganar a Dios cuantas más almas pudiese, no conocía límites, y se dedicaba con todas sus fuerzas a abrazar con ardiente celo apostólico y atraer a todas las gentes. La falta de medios humanos, las muchas contrariedades presentadas por hombres investidos de autoridad, las dificultades nacidas de la misma naturaleza de las cosas, los obstáculos de toda especie deberían haber abatido su ánimo; pero Juan no abandonó en ningún momento sus santas fatigas, y con la ayuda de Dios condujo las obras emprendidas al fin deseado y se ganó un nombre inmortal, digno de las mayores alabanzas. Escribió, además, y publicó muchos libros muy a propósito para despertar en el pueblo la devoción y afianzar los principios y preceptos cristianos, libros que todavía hoy son tenidos en mucho aprecio. Ahora bien, si comparamos la falta de medios humanos, en que a menudo se encontró, con la magnitud de las obras realizadas y los beneficios obtenidos para toda suerte de ciudadanos, nos parecerá ver en él un prodigio casi nuevo. Digo prodigio, porque la generosidad divina, casi rivalizando con la confianza inquebrantable y la generosidad de Juan, pareció aumentarle las fuerzas, multiplicarle las facultades, premiarle maravillosamente sus trabajos. Pero una cosa todavía más digna de maravilla, es ver a un hombre de esta especie, ocupado en arduas empresas, expuesto frecuentemente a muchos peligros, que vivía en medio de los muchachos y trataba con toda clase de personas, no cesar ni un solo momento en el ejercicio de las virtudes cristianas, alcanzar en él las alturas de la(**Es19.98**))
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