Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


((**Es19.234**) Se posó la silla gestatoria sobre un pedestal en el hueco de la bóveda, de modo que todos podían ver la figura del Papa. Hizo él un saludo paterno con un gesto de ambas manos. Los ceremonieros pidieron silencio por señas. La inmensa turba se calló, como en la iglesia. A través de los altavoces resonaba solemnemente la voz del Padre Santo hasta en los más lejanos rincones de la plaza, mientras profería las palabras de la absolución y pronunciaba la fórmula de la bendición; bendición que, rebasando los límites del gran espectáculo presente, llegaba a los hijos de la Iglesia esparcidos por toda la faz de la tierra. Inmediatamente se levantó un grito que parecía iba a romper las nubes. El Papa se quedó todavía un instante contemplando sonriente y saludando. Finalmente desapareció la visión. La campana grande de San Pedro llenaba de alegría el aire lluvioso con sus grandes y ruidosos repiques, a los que respondían, sumándose al júbilo, los cientos y cientos de campanas de Roma. ((**It19.280**)) Todo estaba acabado y don Bosco era Santo. La marea humana se puso en movimiento y se fue dividiendo hasta desaparecer. Por el arco de la sacristía aparecían de repente y desaparecían coches y coches, que llevaban a Soberanos, Príncipes, Cardenales, Autoridades. En el del Príncipe Humberto ya estaba la deseada jaula plateada, que don Pedro Ricaldone había hecho llevar, con sus inquilinos cantores que transportarían a la corte el eco de la canonización de don Bosco. Por la noche estaban iluminadas con luz eléctrica las basílicas e iglesias: sólo San Pedro permanecía en la oscuridad. El mal tiempo había impedido la subida de las antorchas. Se dejó para el día siguiente el espectáculo de la iluminación que ya hemos descrito anteriormente. Los superiores y alumnos del Oratorio de Valdocco, sus Cooperadores y exalumnos, reunidos en el teatro y en la iglesia de San Francisco o esparcidos por los patios, habían podido seguir toda la función a través de los altavoces. Lo mismo sucedió en todas las casas salesianas. Las palomas mensajeras tuvieron que hacer un viaje borrascoso, dado el pésimo estado de la atmósfera. Sólo una llegó a las cuatro de la tarde del día dos de abril; tenía las patitas llenas de barro. La otra apareció en la campiña de Lucca, con una ala herida por perdigones de escopeta: dijo el que la encontró, que descubrió el tubito, dentro del cual estaba el mensaje, y que lo envió al Director del Oratorio, de acuerdo con lo que indicaba el mensaje 1. 1 La paloma que llegó era de la raza Bricoux. Llevaba el número 65.299. En el año 1933 (**Es19.234**))
<Anterior: 19. 233><Siguiente: 19. 235>

Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


 

 

Copyright © 2005 dbosco.net                Web Master: Rafael Sánchez, Sitio Alojado en altaenweb.com