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((**Es19.157**) Ricaldone, que, durante el largo trayecto (largo por el espacio del mismo y por su duración) ((**It19.182**)) no conoció el descanso, llegaba siempre en el momento oportuno para corregir cualquier inicio de dispersión. En una gran procesión de tan enormes proporciones, si no hubiera habido ningún momento de corte, habría sido casi un milagro. Dominaban las bandas de música y los elementos juveniles, como es patente, en toda su composición; por eso músicas y canciones debían sucederse sin interrupción durante la interminable manifestación triunfal. El cortejo, en movimiento Demos ante todo una ojeada a la Plaza Vittorio, donde debía empezar el cortejo. Los balcones adornados con tapices y festones estaban llenos de gente, que asistía con curiosidad al espectáculo de la ordenación. Al espacio abierto de la plaza llegaban continuamente largas y numerosas columnas por las calles laterales y desde la Vía Po. Apenas desembocaban en la plaza se dirigían rápida y directamente a ocupar los puestos asignados en la formación de los primeros ocho grupos, que debían abrir el cortejo. En aquel hormiguero reinaba el entusiasmo, pero no se advertía ninguna confusión, ningún enredo. En los soportales, detrás de los cordones de carabineros, agentes de policía, soldados y guardias municipales, se apiñaba la multitud que acudía a ambos lados para contemplar el paso de la bendita urna. Mirando desde la plaza, a todo lo largo de la amplia Vía Po, flanqueada por sus grandiosos pórticos y magníficos edificios, no se veían más que colgaduras multicolores en ventanas y balcones, y a uno y otro lado un apretado público llenando los pórticos y a duras penas contenido en las aceras. Pero no parecía que el servicio de orden tuviera que afanarse para mantener libre la avenida en su mayor parte; la animación general no impedía la disciplina. Contribuía a ello la tradicional costumbre del pueblo piamontés y quizá también el carácter religioso de la ceremonia. ((**It19.183**)) Al sonar la hora, dio don Pedro Ricaldone la señal de partida al primer grupo y tras él, se fueron colocando en columna los otros siete: el cortejo se encontró formado casi automáticamente. Pasaban de cincuenta mil los componentes. Precedía un grupo de guardias municipales en bicicleta, seguido inmediatamente por un graciosísimo conjunto de pajecillos con uniformes (**Es19.157**))
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