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((**Es17.46**) al que ya me comprometí en Turín, me llevará hasta el Patronage. El señor Conde vaya y esté preparado a la puerta del colegio; en cuanto yo llegue allí, subiré a él y me haré conducir de nuevo a la estación. El coche del señor Duque quédese aquí, porque yo no tardaré en volver y con él me haré llevar otra vez a casa. Seguiremos así hasta que todos queden satisfechos. Aquellos señores, cada uno de los cuales ignoraba la intención de los demás, al darse cuenta del caso, comprendieron su apuro, rieron la graciosa salida y no llevaron a mal que hubiese tomado el coche de la Marquesa. En el colegio encontró, con los alumnos, a muchísimos señores, que habían acudido para tomar parte en la recepción. Los Salesianos experimentaron una gran pena cuando, después de retirarse los forasteros, le vieron expectorar saliva mezclada con sangre; todos se pusieron de acuerdo para impedir que lo molestasen. Don José Ronchail, especialmente duro como las rocas de sus Alpes, era inexorable, despidiendo sin prestar oídos a las razones de cuantos pedían ser recibidos. Le proporcionó enseguida una esmerada visita del doctor D'Espiney, autor de la conocida biografía. Este rogó a don Bosco que guardara cama y le esperara hasta las siete; examinó después diligentemente su estado y formuló un diagnóstico muy diverso del de sus colegas de Turín. La extraordinaria inflamación del vientre era efecto de la hinchazón del hígado, que aumentaba con las medicinas que le habían prescrito en Turín. Además de otras cositas, le ordenó que tomara cada día dos cucharaditas de quinina disuelta, para combatir la fiebre, que le asaltaba diariamente. Enseguida experimentó los benéficos efectos de la nueva medicación. Sin fatigarse, pudo celebrar la misa el día seis por la mañana ante más de quinientos forasteros. Para la comida del mediodía aceptó la invitación de los señores de Montigny, que después le entretuvieron en conversación ((**It17.43**)) por lo menos un par de horas. Al salir de allí fue a ver a un señor enfermo. Era un americano de Bahía (Brasil), que ofrecía a don Bosco en su ciudad una casa amueblada, con tal de que enviase allí a los Salesianos. La dueña de la casa donde vivía el enfermo, quedó tan encantada de la conversación del Santo que fue varias veces a visitarlo, declarándose dispuesta a cederle sin más aquel edificio, para que lo destinara a residencia de sacerdotes ancianos, imposibilitados para el trabajo. El Siervo de Dios volvió al colegio cansado, cansadísimo; y, sin embargo, celebró todavía reunión capitular para tratar de la admisión de un hermano a los votos y de otros a las sagradas órdenes.(**Es17.46**))
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