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((**Es17.417**) Pero, antes de que llegasen aquellas dos fechas, don Bosco dejó Turín. Los fuertes calores de la ciudad habrían acabado por agotarlo; por eso, los Superiores del Capítulo, y también por consejo del médico, le rogaron que tomara un período de descanso en un clima más templado. El quiso contentarlos, trasladándose el día quince de julio a Mathi. Monseñor Alimonda, más como amigo afectísimo que como Cardenal Arzobispo, tuvo la bondad de ir en persona a saludarle. En el curso de la conversación, preguntóle Su Eminencia: ->>Cómo van las cosas de casa? >>Hay dificultades económicas? -Mírelo, contestó don Bosco. Aquí tengo una letra de cambio urgente. He de devolver en el día de hoy treinta mil liras, y no las tengo. ->>Y cómo hará, pues? ->>Cómo? Espero en la Providencia. Hay aquí una carta certificada que acaba de llegar. Algo habrá dentro. -íA ver, a ver! exclamó el Cardenal. Abrió el sobre y apareció un cheque de treinta mil liras. ((**It17.485**)) No es para dicho que al Arzobispo, que era hombre de corazón, se le saltaron las lágrimas. Cuando don Bosco contó este hecho 1 a sus íntimos, añadió otro ocurrido dos días atrás ante los ojos de don José Lazzero. Tenía éste que liquidar en el Oratorio una deuda muy grande; pero después de recoger todo el dinero, todavía le faltaban mil liras. La única esperanza descansaba en don Bosco. Corrió a Mathi. -Mira, le dijo el Santo, todo mi haber está aquí, en esta carta certificada. La abrió y contenía justamente un billete de mil liras. Don Bosco intercalaba, en estas ocasiones, acciones de gracias a la Providencia de Dios, animando a todos a agradecérselo y a poner en ella toda confianza. Por asociación de ideas, nos parece oportuno referir aquí la conversación que tuvo don Bosco con el conde Pablo Capello de San Franco, el cual dejó escrita la relación auténtica 2. El Conde no conocía todavía al Santo el 1885; por esto, aprovechando una breve parada que hizo en Turín porque debía entregarle un donativo, pensó valerse de esta circunstancia para acercarse a él. Fue introducido por monseñor Cagliero y encontró a don Bosco sentado en un sillón con las piernas tendidas sobre dos sillas. Se arrodilló, besó varias veces sus 1 Diario de Carlos Viglietti, 16 de agosto de 1885. 2 Carta de don Juan Bautista Lemoyne, Parma, 9 de febrero de 1888. (**Es17.417**))
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