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((**Es17.143**) Al seguir paso a paso a nuestro Santo en el declinar de sus años, no podremos seguir contando mucho tiempo su vida sin detenernos de vez en cuando a hablar de su salud. Seguía la mejoría, >>pero cuánto tiempo iba a durar? En previsión de una fácil recaída, cedió a la insistencia de los médicos y de sus hijos, moderando algo su trabajo y permitiéndose una horita de paseo por la tarde. Le acompañaban don Juan Bautista Lemoyne y el clérigo Viglietti. Caminaba despacio, muy despacio. Iban por la avenida de Rívoli, avenida de la Reina Margarita, paseo de Valdocco o por la calle Cottolengo, llegando a veces hasta la barrera de Lanzo. Don Bosco se complacía en contemplar las flores del campo y clasificarlas señalando con su bastoncito las diversas especies de hierbas. Entonces no había tantos edificios por los alrededores y todavía se atravesaban prados y campos. Siempre quería ir a pie. Si se le invitaba a tomar un coche, al menos para salir de la ciudad y después pasear ((**It17.159**)) por el campo abierto y libre, contestaba que los pobres no van en coche. Después le regalaron tres, uno el comendador Faja y dos el conde Sacchi de Nemours, natural de Casale; pero él vendió dos para pagar el pan de sus muchachos y se resignó a valerse del tercero el último año de su vida, dado que el médico le había ordenado el movimiento y que encontraba mucha dificultad para tenerse en pie. Muchos le reconocían durante el camino y le saludaban y le detenían, de modo que, a veces, quedaba rodeado por muchas personas, especialmente niños. A menudo la gente se arrodillaba en las calles y le obligaba a bendecirla. Doña Serafina Archini Cauvin fue testigo una tarde de estas escenas en la avenida Reina Margarita 1. Se acercaban a él los muchachos en grupos y, una vez bendecidos, lo aclamaban con alegría. La persona, que le daba el brazo, le aconsejaba que se acercara también ella para ver si su bendición la libraba de la artritis, que hacía años la atormentaba; pero no le era fácil ponerse a su lado a lo largo del camino por impedírselo los muchachos, que casi continuamente lo rodeaban. Fue, pues, a aguardarlo a la entrada de la portería. Para llegar hasta allá tuvo que sentarse más de veinte veces por la gran dificultad con que caminaba. Cuando el Santo llegó al umbral y vio a la señora arrodillada, pidiéndole que la bendijese, se detuvo, volvióse a ella y la bendijo pronunciando las palabras con tanto afecto que ella rompió a llorar. Le dio cordialmente las gracias, se levantó, echó a andar y marchaba tan expeditamente que volvió a su casa de un tirón sin sentir dolor alguno. 1 Carta a don Miguel Rúa, Turín, 27 de marzo de 1890. (**Es17.143**))
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