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((**Es17.136**) más de las veces, los centros existentes en Roma exigen por su finalidad y su fundación que los muchachos cumplan ciertas condiciones, por las que muchos no pueden ser admitidos en ellos; por ejemplo, unos exigen que los muchachos sean romanos; otros, que pertenezcan a determinadas ciudades y naciones y, después, la mayor parte de ellos se han convertido en insuficientes para la necesidad, en razón de los tiempos y las cosas. Actualmente el Papa quiere un instituto verdaderamente católico, es decir, que admita a muchachos pobres en peligro, no sólo romanos e italianos, sino franceses, alemanes, españoles y de cualquier nación y condición que sean, con tal de que se encuentren en peligro para el alma o para el cuerpo. El Santo Padre desea mucho esta obra, y, por eso, la recomienda encarecidamente y bendice a los Cooperadores y Cooperadoras, que concurren a ella con sus limosnas. Oyó también hablar, con mucha satisfacción, de la iglesia de San Juan Evangelista en Turín. Al lado de esta iglesia, dedicada al Apóstol de la caridad, se necesitaba también un internado para que se pudiese decir: he aquí la caridad en la práctica; he aquí cómo se honra al Apóstol de la caridad. Se comenzaron las obras, se trabaja en él, ya se está acabando y espero quede concluido este año y que pronto lo tengamos lleno de muchachos. Al oír esto el Sumo Pontífice, concluyó diciendo: -Si queremos una sociedad buena, debemos dirigir todos nuestros esfuerzos a la educación cristiana de la juventud, que constituirá los hombres del mañana. Si se la educa bien, tendremos una sociedad familiar y civil de buenas costumbres; si se la educa mal, la sociedad irá empeorando cada día y los hijos lamentarán, al llegar a la edad madura, la mala educación que les dieron sus padres, si es que no tienen tal vez que maldecir su memoria. Estos son los sentimientos, que expresó el Vicario de Jesucristo, el cual terminó impartiendo su apostólica bendición para todos. Entretanto, para merecer una especial bendición de María Auxiliadora y corresponder al vivo deseo del Santo Padre, procure cada uno hacer lo que pueda para el hospicio del Sagrado Corazón de Roma y para el de San Juan Evangelista de esta ciudad. Vuestra caridad favorece a la sociedad civil, a las familias cristianas y, digámoslo ((**It17.151**)) en hora buena, también a las que no lo son, porque, al menos, tendremos con vuestra caridad hombres bien educados e instruidos, reinará la paz en las familias y el padre, la madre y los parientes se verán mejor correspondidos por los hijos, que, en lugar de ser su azote, llegarán a ser su consuelo y apoyo en la vejez. Es más, vuestra caridad os aprovechará a vosotros y a vuestros hijos porque Dios, manteniendo su promesa, os dará el céntuplo en esta vida y un premio eterno en la otra. Mañana pienso celebrar la santa misa para pedir al Señor que os bendiga a vosotros, vuestros parientes, vuestros intereses espirituales y temporales y para obtener la gracia más preciosa e importante de encontrarnos un día todos juntos en el paraíso y alabar y gozar de Dios con nuestra dulcísima Madre Auxiliadora. Don Bosco había hablado con vigor ya no acostumbrado; más aún, al bajar del púlpito, dijo que se sentía con ánimos para seguir predicando mucho más tiempo. Con este bienestar, pudo aguantar el cansancio que le causó la solemnidad. El día de la fiesta, se apiñaron en el templo y en sus alrededores nutridos grupos de fieles, llegados hasta de lugares remotos de Italia y (**Es17.136**))
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