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((**Es16.493**) anhela, sólo va adonde quiere, adonde lo guía la voluptuosa sensualidad. Ahí tenéis al hombre deshonrado y envilecido, vedlo ahí degradado, vuelto y hecho semejante a animales brutos e insensatos: homo..., etc. íOh, Dios, qué espantoso estado, qué terrible decaimiento! íQué gran mal es la deshonestidad! Y si queréis castigos más sensibles, que no sólo oprimen el espíritu, sino también el cuerpo; íay, qué frecuentes son por desgracia! No os traigo las pruebas que nos proporcionan abundantemente la historia sagrada y la eclesiástica. Pero dignaos pasar por las calles, visitar las plazas; y veréis personas en la flor de la edad, que podrían ser el honor de sus familias, el decoro de la patria, la gloria de la sociedad; por haberse entregado a este vicio se los ve perder el tiempo en ociosas diversiones, sin fuerzas, descoloridos y demacrados; no ofrecen en su semblante más que una barba que los deforma todavía más, cabellos extrañamente encrespados, de suerte que sólo se descubre en ellos unos hombres agotados, corroídos y maltrechos por el vicio, convertidos en oprobio y hez de la sociedad. Pasaré por alto a tantas familias que, por este vicio, sufren amargas disensiones y discordias, se encuentran en las mayores y más calamitosas estrecheces, caídas de próspera situación; >>y, por qué? por el torpe derroche del dinero; paso por alto las sequías, inundaciones, granizadas y quiebras de empresas; estas calamidades demuestran claramente, como afirma el Apóstol, la indignación de la ira divina para castigo de los pecados de que hablamos (Col, 3). Pero... >>qué diré a los desgraciados, que capiuntur in tempore malo, son heridos por los rayos de la venganza de Dios en el acto mismo en que consuman sus pecados nefandos y, dejando de vivir allí mismo su infame vida, van a dar comienzo a su eternidad infeliz? >>Y qué deberé decir de tantos y de tantas jóvenes, como se ven en hospitales y en asilos? íDios mío, cuántos! Tendidos en un lecho, cubiertos de hediondas úlceras o consumidos por afecciones pulmonares o por tuberculosis, faltos de fuerzas y tan oprimidos por la enfermedad, que mueven a compasión, a las lágrimas; y, si les preguntamos por la fuente de sus males, se ven obligados a confesar para su confusión, que morbi sunt flagella peccatorum; sus desórdenes y su vida licenciosa son la causa de sus desventuras. Hombres, permitidme este desahogo de celo, hombres cobardes y viles, conoced por fin vuestra dignidad y lo que os hace infelices; dejad también de buscar médicos y medicinas para vuestros males; pero dejad el pecado que es la causa de éstos; y, mientras tanto, dejad de decir, os lo ruego, dejad de decir que las conversaciones licenciosas, el vestir inmodesto, el hablar descocado, el trato escandaloso, la compañía de los malos, las tabernas y bailes, son un mal pequeño; decid más bien que son un gran mal, un enorme pecado, pecado que Dios castigó siempre con los más severos ((**It16.600**)) azotes, pecado que deshonra y envilece al hombre y lo iguala con los brutos, haciéndolo plenamente desventurado e infeliz. Un mal, pues, del que se debe huir como de un enemigo, que trae toda clase de calamidades y desdichas. SEGUNDA PARTE Me diréis: esta mañana ha cargado demasiado las tintas, llamando totalmente infelices a los que se dan buena vida, siendo así que, por el contrario, se los ve a todas horas disfrutar a su talante, y siempre ríen, están siempre alegres y nunca son víctimas de desgracia alguna. Eso decís vosotros, pero yo os ruego que prestéis mucha atención a mi respuesta, pues aquí precisamente está el desengaño. (**Es16.493**))
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