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((**Es16.238**) dónde y cómo se había eclipsado. A la mañana siguiente, embargada todavía por la conmoción, reveló su estado de ánimo a una confidente; el padre, al darse cuenta de su turbación, no quiso que volviese a ver a don Bosco y, sin decir el motivo, la llevó al campo. Afligida por este alejamiento, la señorita De Broin escribió a don Bosco una carta antes de salir, haciendo que se la llevara una señora amiga. Cuando el Siervo de Dios la leyó, dijo que recordaba a quien la había escrito y, como le preguntaran si había contestación, dijo: -No; que siga rezando. La joven profesó más tarde entre las religiosas del Cenáculo en Versalles. La bendición de don Bosco fue también beneficiosa para la hermana de esta religiosa. Se encontró con él comiendo en casa de un amigo de la familia y advirtió su gran sencillez y bondad en el trato, pero especialmente aquella mirada penetrante, que parecía leer los secretos de los corazones. Era joven y algo mundana, por lo que no tenía ganas de acercarse a él; pero tuvo que seguir al padre, que la llevó a recibir su bendición, mas procuró no levantar los ojos para no llamar la atención de don Bosco sobre ella, pues esto la habría puesto en un brete. Sin embargo, también ella entró en el Cenáculo, pocos años después de la hermana, considerando esta vocación como una gracia insigne, por la que, como escribe, se considera obligada a expresar cada día su agradecimiento a don Bosco. Don Bosco salió de Dijon el día veintinueve, a las cinco de la tarde; lo esperaba en D“le la familia De Maistre. El Conde, su antiguo amigo y gran bienhechor del Oratorio, le colmó de atenciones con todos los suyos. Pero don Bosco sólo pasó allí la noche, pues, el día treinta por la mañana, poco después de celebrar la misa, siguió viaje hacia Turín. Llevaba consigo cuatro o cinco paquetes de cartas sin abrir todavía, que llamaron la atención de los empleados de la aduana en Modane; pero las explicaciones ((**It16.280**)) que se les dieron, fueron aceptadas cortésmente y pasaron los paquetes. Con un largo mes de trabajo y la ayuda de algunos secretarios, se despachó después toda aquella correspondencia, pues era costumbre de don Bosco no dejar nunca una sola carta sin respuesta, aunque fuese insignificante o escrita por un niño 1; es más, no dejaba de enviar, al menos un acuse de recibo, aunque se tratara de una simple tarjeta de visita. Durante esta larga narración, no hemos tenido en cuenta las noticias 1 El que esto escribe, recuerda haber oído decir en 1885 a un insigne predicador, con maravilla de los que lo rodeaban, que don Bosco contestaba incluso las cartas de los chicos. (**Es16.238**))
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