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((**Es13.758**) doctrina de los apóstoles y probar cómo todos ellos murieron para atestiguar la verdad de cuanto habían escrito y enseñado, a saber, la vida y la doctrina de Jesucristo. Después, narrar la historia de los tres primeros siglos, de modo que la narración tienda a probar que la Iglesia siempre ha tenido la misma doctrina predicada por los apóstoles y sellada con su sangre, mostrando cómo los mártires dieron su vida para confirmar precisamente aquellas verdades. Vendría, después, el tercer período y aquí la cuestión se haría más clara, mediante la sucesión ininterrumpida de los Sumos Pontífices, demostrándose, al mismo tiempo, que la doctrina sostenida durante todos los siglos ha sido siempre la predicada y sellada con la sangre de los apóstoles, la misma por la que murieron los mártires... Al llegar aquí nuestro guía nos abandona y nos advierte solamente que <>, pero que, <>, debe cortar sus apuntes. El tema de los estudios se conectó, como es natural, con el cuidado de la biblioteca. Don Bosco apreciaba mucho la biblioteca del Oratorio: hemos tenido pruebas de ello en las conferencias con los directores. El 2 de diciembre, paseando y charlando allí con don Julio Barberis, exclamó: -Este salón está lleno de libros y es bastante amplio; sin embargo, habrá que agrandarlo ((**It13.893**)) para dar puesto a otros muchos volúmenes. >>Quién lo habría dicho? Han pasado casi treinta y tres años, desde que el pobre don Bosco llegó a este lugar. Traía toda su biblioteca en una cesta: allí estaban los breviarios, unos libros de predicación, y eso era todo. Ha sucedido en esto lo mismo que en todo. Es ahora un gran salón, al lado está la otra habitación, y no bastan, sino que hay que ampliar más. Díjole don Julio Barberis que se trataba de colocar una estufa en el salón grande y una protección ante las estanterías, para evitar tomar libros sin permiso del bibliotecario; y después irían allí a estudiar los sacerdotes y los profesores. -Cuando una cosa es necesaria, hágase, respondió don Bosco; pero no se hable de estufa. En el Seminario nosotros no vimos nunca estufas en ninguna parte, ninguno se lamentaba, y se iba adelante muy bien. Ahora hay en casa la manía del calor y yo pierdo la paciencia para que no se gaste en esto el dinero. Cuando en una habitación bien cerrada, hay varios, qué necesidad hay de calor. Las abundantes comodidades del vivir presente, redoblan en nosotros la admiración por las austeras costumbres de nuestros padres. (**Es13.758**))
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