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((**Es13.407**) de comunicárselas con disimulo a don Bosco. Después de la muerte de Omodei murieron cinco muchachos en sus casas... Además, ayer murió en Lanzo el querido clérigo Arata de una enfermedad rápida, después de cuatro días de cama. Aquí volvemos a tener a otro en peligro de muerte.. Hay una quinta parte de los estudiantes, y quizás más, que están en sus casas por motivos de salud. Ya ves cuánta necesidad tenemos de oraciones. Reza, pues, tú y díselo también a don Bosco, aun cuando tal vez no sea conveniente. Todo esto lo decimos en confianza; por lo demás, ni siquiera a los muchachos les dejamos saber todo, para no alarmarlos a ellos y a los parientes>>. En una carta sin fecha, pero que parece escrita después de estas informaciones, a continuación del repetido estribillo <<íQuehacer inmenso!>>, dice don Bosco a don Miguel Rúa: <>. Comenzó entonces a efectuarse alguna mejoría y a mediados de febrero cesó la enfermedad. Parece que se trataba de una epidemia tifoidea. Así, pues, el 24 de enero aún no había logrado don Bosco ver al Papa. Tan pronto como se enteró de que se habían reanudado las audiencias, pidió ser admitido; pero no llegaba respuesta alguna. El no ignoraba que los días de Pío IX estaban contados, por eso, le interesaba, sobre toda ponderación, ir una vez más a la augusta presencia de su más insigne bienhechor, tanto más cuanto que llevaba siempre clavada en el corazón la espina que le había causado el oír decir que Pío IX sufría por su causa. Renovó dos veces sus instancias ((**It13.474**)) al Maestro de cámara, pero siempre en vano. Fue varias veces a San Pedro, dio vueltas por los alrededores del Vaticano, con la esperanza de algún feliz encuentro, que le facilitase el cumplimiento de su deseo. También Pío IX lo esperaba en efecto; don Bosco supo que había dicho repetidas veces quejándose: -Sé que don Bosco se encuentra en Roma y no viene a verme, y tengo cosas importantes que decirle. Yo no he tratado así a don Bosco. íYo lo he tratado mejor! Don Bosco manifestó su dolor al cardenal Oreglia. El Cardenal tomó a pechos el asunto y, al descubrir que había de por medio alguna intriga, dio a conocer la verdad al Papa y reprochó por ello al Maestro de cámara; pero todo fue inútil. Y, sin embargo, si este prelado ocupaba un puesto tan distinguido en la corte pontificia, precisamente se lo debía a don Bosco, según lo cuenta por extenso Lemoyne 1. 1 Memorias Biográficas VIII volumen, pág. 499. (**Es13.407**))
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