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((**Es13.278**) Capitaneado por don Juan Cagliero, el grupo se encaminó a Roma. Poco después del mediodía del día 9, salesianos e hijas de María Auxiliadora tuvieron la satisfacción de ver y oír al Papa, al gran Pío IX. Estaban alineados en la galería de Rafael, cuando llegó el Padre Santo con los eminentísimos Bilio, Pacca y Ledokowski. Don Juan Cagliero, invitado a hacer la presentación, dijo: -He aquí, Padre Santo, la tercera expedición de misioneros salesianos, que van a sumarse a sus hermanos en el campo de nuestras misiones de América. Van también las Hijas de María Auxiliadora, que zarpan para la república del Uruguay, donde abrirán su primera casa para las niñas pobres abandonadas. Hemos venido a pedir vuestra bendición apostólica, que no sólo nos alentó, sino que actuó prodigiosamente durante los dos años que hemos pasado en Argentina y Uruguay. El Padre Santo contestó: -Sí, queridos hijos míos, os bendigo de corazón. Dio después una mirada a la larga fila y preguntó: ->>De dónde saca don Bosco toda esta gente? -Santidad, se la envía la divina Providencia. -íAh, sí, la Providencia! íDecís bien! Ella lo puede todo; confiemos siempre en ella. Don Juan Cagliero presentó a Su Santidad una relación manuscrita sobre el estado de las Misiones Salesianas en América, un opúsculo impreso con ocasión de la inauguración del Patronato de San Pedro en Niza, y un ejemplar de otro sobre la Obra de los Hijos de María para las vocaciones tardías ((**It13.319**)) al estado eclesiástico. El Papa, dando señal de un interés especial, exclamó: -íLas vocaciones al estado eclesiástico! íBien, bien! Después permitió que todos le besaran la mano; y a continuación, colocóse frente a ellos y, con voz firme y robusta, pese a sus ochenta y cinco años, pronunció este discurso: -Queridos hijos, ahora que me toca a mí daros un recuerdo que os aliente en el porvenir; os manifestaré un pensamiento que, esta mañana, se asomó a mi mente durante la santa misa. En el introito de la misa que hoy hemos celebrado, de la dedicación de la iglesia principal de esta nuestra Roma, leía unas palabras que aturden a primera vista y son: Terribilis est locus iste. >>Cómo? me pregunté a mí mismo. >>La iglesia es un lugar terrible, cuando es el lugar adonde venimos a dejar nuestras amarguras, a elevar la mente y el corazón a Dios, a pedirle ayuda en nuestras aflicciones y necesidades? Y me contesté a mí mismo: Sí, la iglesia es terrible, mas sólo para ciertas (**Es13.278**))
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