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((**Es13.138**) Oído esto, cortó el Beato la conversación, diciendo: -Si sabía antes, también sabe ahora: la Virgen no hace las cosas a medias. Diciendo esto, le puso la pluma en la mano, y la muchacha firmó con soltura. Es imposible describir el entusiasmo de los muchachos en aquellos días. Los elegantes ademanes del Arzobispo americano les habían conquistado; siempre que atravesaba el patio o se asomaba desde lo alto, se oían fuertes aplausos por todos los rincones. Pero sobrevino un desagradable percance que le hizo abreviar su permanencia en el Oratorio. Fue el 27 al Arzobispado para visitar a monseñor Gastaldi, y no lo encontró. Volvió a la mañana siguiente, y le notificaron que Monseñor no estaba en palacio, sino en la casa de campo arzobispal de Pianezza, desde donde, informado ya de la visita, le enviaba a decir que no se molestase más, pues él ((**It13.152**)) iría a Turín el día 29 solamente para el pontifical y después volvería a la casa de campo aquella misma tarde. Sin embargo, más tarde envió al secretario para invitar a comer sólo al Arzobispo, pero no sabemos bien qué día. El secretario entró en el Oratorio, se acercó al primer muchacho con quien se tropezó, le encargó de llevar el recado a don Bosco y se marchó. El muchacho se quedó como quien ve visiones; sin embargo, subió al despacho de don Bosco, iba tímidamente a poner pie en su antesala, cuando vio dentro a muchos señores, y se detuvo en el umbral. El barón Bianco de Barbania, que se dio cuenta del apuro, le preguntó la causa y, al saber el singular mensaje, se encargó él mismo de pasarlo. Monseñor Aneyros se disgustó tanto que no sólo no aceptó la invitación, sino que determinó marcharse lo antes posible de Turín; se disculpó, sin embargo, con el Arzobispo aduciendo como motivo su próxima partida. En efecto, el día 30 muy de mañana partió con su séquito hacia Sampierdarena. Allí fue recibido con gran júbilo. Pasó después a Varazze, fue a saludar al Obispo de Savona, y de allí se acercó a esperar a don Bosco en el colegio de Alassio. Cuando aún había esperanza de disuadirlo de su propósito de anticipar la partida, don Bosco había escrito a don Juan Cagliero una larga carta, para la que no podríamos encontrar lugar más oportuno que éste, como comprobarán los lectores. Mi querido Cagliero: Necesitaría escribirte todo un volumen. Te haré un pequeño resumen de la situación. Recibí a monseñor Aneyros en Sampierdarena con los peregrinos argentinos y los acompañé a Roma. Yo me hospedé, como siempre, en casa del señor Sigismondi, (**Es13.138**))
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