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((**Es10.434**) libertad, progreso, igualdad, tolerancia, partidarios tan influyentes en la moderna civilización, lo verdadero anda mezclado con lo falso, y no puede abrazarse o rechazarse todo en ellos sin discernimiento de ninguna clase. 6.¦ De semejante derecho a oponerse al desorden social, no quiero en modo algumo afirmar que nazca, en quien se abstiene de usar de él, una verdadera imputabilidad del mal que puede suceder en el cuerpo social, pero me parece que no puede negarse que, si los católicos se valen de los únicos medios legalmente eficaces, mucho más abiertamente manifestarán con esto a todos que ellos no tienen culpa alguna o parte, aunque negativa, en los males que se cometiesen. De modo que, aun cuando fuera verdad lo que se nos canta por algunos celosos en todos los tonos <> (todos futuros contingentes, para nosotros míseros mortales, muy inciertos), los católicos en el parlamento harían o podrían hacer siempre al menos dos cosas: defender la verdad, la justicia, el bien social y oponerse con su voto, con el único medio verdaderamente eficaz, hasta donde les sea posible, a la iniquidad. Y los electores al elegirlos y los elegidos, correspondiendo a las intenciones de los que los eligieron, darían pruebas evidentes de que ellos hicieron todo lo que podían por el bien social. Sin embargo, habría mucho y muy mucho que decir acerca de esta inutilidad, que con tan atrevida seguridad se da como cosa certísima cuando está muy lejos de serlo. Pero >>y si los elegidos fueran de la mala ralea de los católicos liberales? Como no es ahora necesario entrar en el laberinto de equívocos que se encierra en el uso que muchos hacen y más en el abuso de esta calificativo <>, me limito a contestar que <> no significa católico liberal y que es antiguo el dicho <> (presentar inconvenientes, no es solventar la razón). 7.¦ Apoyándome en lo que hasta aquí he dicho, creo no merecer la tacha de atrevido, si afirmo, que la polémica sostenida por varios diarios y periódicos conservadores contra el derecho electoral de los católicos y sus propugnadores, ha sido, y es poco decir, excesiva, o sea, que se han llevado las cosas a tal grado de exageración, que se ha querido demostrar que el ejercicio del derecho electoral por parte de los católicos italianos es un atentado sacrílego contra la religión, la moral cristiana, la justicia y hasta contra la misma equidad natural. Esa costumbre de maldecirlo todo, agriarlo todo, tiene como muy lógica consecuencia sustituir el deseo del triunfo de las propias opiniones por el puro y sincero deseo de que sólo triunfe la verdad. De semejante modo de discutir las cuestiones procede, en los que con toda la buena fe tienen una opinión contraria, al enojarse al ver que se les atribuyen intenciones que sólo son propias de los sectarios, de los enemigos de ((**It10.473**)) Dios y de la Iglesia, intenciones que ellos tienen la íntima y concienzuda convicción de abominar con toda su alma, y muchas veces con el corazón amargado por esa injustísima intolerancia llegan a decir cosas reprobables, que no se hubieran dicho si hubiese habido en los contradictores más dominio de la razón y menos prejuicio y pasión. Podría citar ejemplos muy obvios y contemporáneos, pero V. S. los conoce mejor que yo, que sólo toco aquí algunos puntos importantes acerca de esta cuestión de las elecciones políticas. 8.¦ Una polémica de esta índole intolerante y excesiva es tanto más absurda en los católicos, cuanto más sabia, avisada y benigna fue la posición adoptada por la Sede Apostólica en esta controversia. Si la consideramos en sus públicas manifestaciones, fue primero una concesión, restringida con algunas condiciones respecto a la (**Es10.434**))
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