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((**Es1.35**) La firmeza de carácter, unida a una prudencia que la libraba de dar un paso en falso, fue siempre la salvaguardia de su virtud. Con frecuencia, sus jóvenes amigas iban a invitarla, en los días de fiesta, para dar un paseo por el campo. Les parecía muy justo tomarse un poco de esparcimiento, después de seis días de fatigosos trabajos. Pero Margarita no sabía alejarse de la vista de sus padres, por lo que siempre tenía pronta alguna excusa para rechazar la invitación. -íMirad!, decía a sus compañeras: yo ya he dado mi paseo, he ido hasta la iglesia. Es un camino bastante largo y no me siento con ánimos para andar más. - Y por más ruegos e instancias que le hicieran, nunca lograron apartarla de su propósito. En aquella edad no conocía más camino que el que iba a la iglesia, a la verdad bastante lejos de su casa. Todos saben el atractivo que tiene para la gente de las aldeas la fiesta mayor de los lugares vecinos y cómo la juventud se deja arrastrar fácilmente para participar, al menos como espectadora, en los bailes que suelen organizarse en semejantes ocasiones y que se prolongan hasta muy entrada la noche. Nunca se deplorará suficientemente el daño que tales costumbres acarrean a la virtud. Pues bien, algunas muchachitas de Capriglio ((**It1.22**)) ligeras y ávidas de diversiones, tras ataviarse lo mejor posible, iban a veces a invitar a Margarita. A sus voces, salía ella a la puerta; y las amigas le decían: - Margarita, ven, ven con nosotras. - Margarita las miraba de pies a cabeza y después de un <<íoh!>> de admiración por sus vestidos, preguntaba con una sonrisa ligeramente burlona: -Y adónde queréis llevarme? -íAl baile! íHabrá mucha gente, música estupenda; pasaremos la tarde muy divertidas! - Margarita se ponía seria y, clavando en ellas su mirada, respondía con estas solas palabras: -íEl que quiere jugar con el diablo no podrá gozar con Jesucristo! - Con esta terminante sentencia volvía a entrar en su casa, dejándolas tan impresionadas que alguna, en vez de seguir camino de la fiesta, regresaba a su propia vivienda. Pero, sobre todo, la buena Margarita evitaba entretenerse con personas de otro sexo. Los domingos, algunos muchachos tomaron la costumbre de esperarla a la puerta de casa, para acompañarla cuando salía camino de la iglesia. Esto le molestaba mucho, ya que con frecuencia se veía precisada a ir sola, por haberse quedado guardando la casa mientras los demás iban, al amanecer, a cumplir sus deberes de cristianos. Sin embargo, no le gustaba ser descortés con aquellos importunos, ya que sabía que no conseguiría nada, antes al contrario les habría dado pretexto para reírse y para burlarse y, acaso,(**Es1.35**))
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