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((**Es1.299**) lugar, las oraciones de cada día, y otras cosas importantes en aquella edad. Era aquello una especie de oratorio, al que acudían unos cincuenta muchachos, que me obedecían y me querían como a un padre>>. Y debía serle muy querido aquel pequeño campo evangélico, pues durante cuatro o más años, en los meses de septiembre y octubre, lo cultivó con verdadero celo apostólico. Se humilla diciendo que, hasta entonces, había descuidado las buenas lecturas, o sea la lectura de libros ascéticos. Pero quién puede creerlo? Cierto que, en medio de sus variadas ocupaciones, no podía dedicarse a ellos tanto como cuando únicamente se ocupaba del pastoreo; pero es posible que un joven, en las condiciones de Juan, manifestara una abundancia tal de vida espiritual, que la trasfundía continuamente a los demás, si verdaderamente hubiera descuidado este alimento del alma? Se acercaba entretanto el momento de vestir la sotana y Juan, que no contaba con medios materiales, se veía frente a graves dificultades para ingresar en el seminario. Esto le urgía además para librarse del servicio militar, puesto que ya estaba en los veintiún años. Pero don Cafasso, que fue siempre su bienhechor, amigo y consejero, se puso de acuerdo con don Cinzano, y determinaron lo que se debía hacer para obtener la entrada de Juan en el seminario sin grandes gastos; decidieron recurrir a la generosidad del teólogo Luis Guala, director y fundador del Convictorio Eclesiástico de San Francisco de Asís en Turín, el cual a su vez, gozaba de gran influencia ante el arzobispo Fransoni. Y así una mañana el teólogo Cinzano llamó a Juan, y sin decirle ((**It1.367**)) por qué ni para qué, le acompañó hasta Rivalba, donde el teólogo Guala veraneaba en una gran finca suya de trescientos jornales. Este riquísimo señor socorría con caridad incomparable a todos cuantos necesitaban su ayuda. El teólogo Cinzano hizo que examinara al joven, e insistió tanto, que obtuvo promesa de que lo haría entrar gratuitamente aquel año en el seminario. Quedaba superado lo más difícil. Había que proveerle de los hábitos clericales que su pobre madre no podía comprar. Habló don Cinzano de ello con algunos de sus feligreses, que aceptaron en seguida contribuir a aquella buena obra. El señor Sartoris le proveyó del hábito talar, el caballero Pescarmona del sombrero; el vicario le regaló su propio manteo, otros le compraron el alzacuello y el bonete, otros las medias, y una buena mujer recogió el dinero necesario para comprarle, según creo, un par de zapatos. Así seguirá haciendo la divina Providencia en adelante (**Es1.299**))
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