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((**Es1.261**) el juego de destreza que prefieras. Juan aceptó y eligió el de la varita mágica, apostando ochenta liras. Tomó Juan una varita, puso un sombrero en su extremo y apoyó la otra ((**It1.314**)) extremidad en la palma de la mano. Después, sin tocarla con la otra, la hizo saltar hasta la punta del dedo meñique, del anular, del medio, del índice, del pulgar; la pasó por la muñeca, por el codo, por los hombros, la corrió a la barbilla, a los labios, a la nariz, a la frente; luego, deshaciendo el camino, la volvió otra vez a la palma de la mano. -No creas que voy a perder, dijo el charlatán a su rival; éste es mi juego favorito. -Tomó la misma varita y, con maravillosa destreza, la hizo caminar hasta los labios, donde chocó con su nariz un poco larga, y, al perder el equilibrio, no tuvo más remedio que agarrarla con la mano, porque se le caía al suelo. El infeliz, viendo que le volaba su dinero, exclamó casi furioso: -Paso por todo, menos porque me gane un estudiante. Pongo los cien francos que me quedan. Los ganará aquél de los dos que coloque sus pies más cerca de la punta de ese árbol -y señalaba un olmo que había junto a la alameda. Los estudiantes y Juan aceptaron también esta vez. Es más, compadecidos del titiritero, les hubiera gustado que ganase él, pues no querían arruinarlo. El charlatán, abrazándose al tronco del olmo, subió primero, y, ágil como un gato, de rama en rama llegó a tal altura, que a poco más que avanzara, se doblaría y se rompería el árbol cayendo a tierra el que intentase encaramarse más arriba. Todos los espectadores convenían en que no era posible subir más alto. -íEsta vez has perdido! -íbanle repitiendo a Juan. Este lo intentó. Subió cuanto fue posible sin doblar el árbol; después, agarrándose a él con las dos manos, levantó el cuerpo y puso los pies un metro más arriba que su contrincante, por encima de la altura misma del árbol. Quién podrá nunca expresar los ((**It1.315**)) aplausos de la multitud, la alegría de los compañeros de Juan, el orgullo del vencedor y la rabia del saltimbanqui? En medio de su gran desolación, los estudiantes quisieron proporcionarle un consuelo. Compadecidos de la desgracia de aquel infeliz, le propusieron devolverle el dinero, si aceptaba una condición: pagarles una comida en la fonda del Muretto. Aceptó agradecido, y en número de veintidós, tantos eran los partidarios de Juan, fueron a disfrutar de un opíparo banquete, que costó cuarenta y cinco liras, lo que permitió al charlatán embolsar todavía ciento noventa y cinco liras. Fue aquél un jueves de gran alegría para todos y de gran honor para Juan. También debió quedar contento el charlatán, pues volvió a ver en sus manos casi todo su dinero y gozó de la comida. Al despedirse (**Es1.261**))
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